Ante Lydia Davis, por Enrique Vila-Matas

Posted on julio 19, 2013 por

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En lugar de repetir los lugares comunes de la opinión pública, puede que, como sugiere Maite Larrauri en un reciente artículo sobre Hannah Arendt, haya llegado la hora de buscar los casos de validez ejemplar que nos hagan entender lo que es un buen político, una buena ley, un buen profesor, un buen médico, un buen ciudadano. Quizás así ya tengamos mucho adelantado.Me circunscribo al terreno literario para decir que me parece envidiable y ejemplar, por ejemplo, la forma que tiene la cuentista norteamericana Lydia Davis de lograr profundidad con un lenguaje muy conciso.

No hace mucho, asistí en el gran teatro Flagey de Bruselas a la lectura que hizo de algunos de sus relatos. Breve y frío como la mayoría de los suyos, comenzó con un cuento que describía un trágico círculo de soledad: “Nadie me llama. No puedo oír el contestador automático porque no me he movido de aquí. Si saliera, alguien podría llamar mientras estoy fuera. Entonces, a la vuelta, podría oír el contestador automático”.

Indecisión en la platea también. ¿Había que llorar o reír? La escritora permaneció seria, imperturbable. Cuando abordó Ventosear, relato tan memorable como irresumible, el público dejó de contenerse y estalló ya en risas imparables. Davis no modificó en nada su gesto grave y enfiló entonces un cuento tan estremecedor como La casa de atrás, al que siguieron unas cuantas breves historias infinitas, algunas de un solo renglón y todas de un impecable humor serio y vagabundo.

Me acuerdo de Perdiendo la memoria: “Me preguntas por Edith Wharton. Sí, me suena mucho el nombre”. Al oírlo, pensé en un aforismo de Jules Renard: “Un escritor muy conocido el año pasado”.

Y me acuerdo también del relato Samuel Johnson se indigna, cuyo texto —que divide en dos una frase de Boswell— dice únicamente: “Porque en Escocia hay pocos árboles”.

A medida que Davis —traductora de Proust y Blanchot— avanzaba en su lectura, no podía dejar de admirar cada vez más su estilo exacto, preciso, esencial, capaz de resucitar a un muerto. CONTINUAR LEYENDO

FUENTE: CAFÉ PEREC. ENRIQUE VILA-MATAS. EL PAÍS.