Entrevista de Lina Meruane a Enrique Vila-Matas en la revista Bomb

Posted on mayo 5, 2013 por

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Vila-Matas firmando

LM: Notable cómo se puede hablar de un mismo libro de maneras diversas dependiendo de quién haga la pregunta. ¿Piensas alguna vez en el lector mientras escribes?, ¿lo piensas después, cuando te toca presentar tus libros?

EVM: En el lector, cuando escribo, no. Pienso en mí, es decir, claramente en mí mismo como lector. A veces casi no me atrevo a decirlo en público porque parece una falta de deferencia hacia el supuesto lector que hay entre el público, parece una nota antipática, un egoísmo, pero no es un egoísmo sino la necesidad que uno tiene de pensar en que le guste a uno mismo, que le interese realmente a uno mismo lo que está haciendo.

¿Y el lector Vila-Matas se queda contento cuando lee al escritor Vila-Matas?

Noto que mis libros ganan con el tiempo. Es decir, me ganan a mí como lector y al mismo tiempo noto que ganan más lectores, y que van creciendo y adquiriendo mayor fuerza. Como si se fueran haciendo reales algo más tarde del momento en que aparecieron. Observo que son más comprendidos y más aceptados con los años. Hay libros comoDoctor Pasavento, un libro que no es precisamente de los más conocidos míos, que en el momento de aparecer provocó algunas reacciones enojadas de jóvenes que intentaban acabar conmigo en mi país, que decidieron que yo era el único intocable que había en España, y que ya era hora de meterse conmigo también. Y sin embargo, esa misma generación tiene ahora a Doctor Pasavento como una pieza importante y faro para ellos. Es decir, justo cuando yo ya no lo aprecio tanto como entonces, se ha convertido en clásico. Te lo digo porque me parece misterioso. No sé cómo explicarlo… Son libros que en el fondo son bastante singulares. Se parecen poco a otros libros. Y se vanconsolidando, este es el verbo.

Como por acumulación también, ¿no?

Sí, por acumulación. Justamente es la obra lo que se lee, y no un libro. No soy un autor de un libro que tiene éxito y que luego escribe otro libro para que tenga otro éxito con un tema diferente. Al que me lee superficialmente puede parecerle que hago siempre el mismo libro, pero no es así, todos son distintos. Simenon decía: “Mi  gran novela es el mosaico de todas mis pequeñas novelas. ¿Me entiende usted?”

Claro. Hay algo que se mantiene como eje en tus libros, y es el recorrido: un escritor que viaja y escribe su desplazamiento. Yendo hacia atrás en tu biografía: ¿cómo se inicia el viaje? ¿Te piensas como itinerante o como alguien que llega a un lugar para quedarse? ¿Cómo se instala la mirada en París, Nueva York, Dublín, lugares a los que has viajado y que se han vuelto escenario de tu obra? Esa es también la pregunta.

Me siento siempre del lugar en el que estoy.

Cuando estás en París eres parisino, cuando estás en Nueva York eres neoyorquino.

Sí, se puede decir así. Eso explica que Rodrigo Fresán dijera que yo era el autor más argentino de los escritores españoles; pero también en Portugal alguien dijo que yo era el más portugués de los escritores españoles… Entonces como entre Portugal y Argentina no hay muchos puntos en común, yo creo que hay que explicarse que yo me incorporo al lugar sin más. No es que sea apátrida, sino que soy del lugar a donde voy. Y en cuanto a los viajes, los míos son mentales. Todas las novelas son viajes que suceden en mi imaginación, sin más.

¿Son viajes asociados a la lectura de los libros que pertenecen o se originan en esos lugares, o a los escritores que estuvieron allí antes que tú? ¿Incluye eso el viaje de la imaginación?

Escribir sobre un lugar o sobre un tema me permite leer –investigar- paralelamente sobre ese  lugar o sobre ese tema. Hay casos bien evidentes de esto que digo. Dublinesca, por ejemplo. Al tiempo que escribía la novela, investigué sobre la cultura irlandesa y sobre Dublín, cuestiones sobre las que lo desconocía todo. Y para escribir Doctor Pasavento, por ejemplo, exigí a mi querido amigo André Gabastou, mi traductor en Francia, que me llevara con su coche al castillo de Montaigne porque allí se inventó el ensayo y la subjetividad moderna y yo quería hablar de la creación y posterior desaparición del sujeto en Occidente. De modo que fui al castillo de Montaigne para empezar esta reflexión y, de paso, empezar un libro. Podría haber leído a Montaigne y olvidarme de escribir una novela. Pero no. Obré de otra forma: Para poder leer a Montaigne, me puse a escribir una novela con cuestiones que él había tratado.

Como método, sin duda raro (risa) pero se escriben también desde los libros, como si leer fuera otra manifestación de la experiencia propia, un modo de la autobiografía. Escribir como una oportunidad para leer y para vivir cosas nuevas.

Dublinesca me permitió no solamente el viaje —catorce viajes a Dublín en muy poco tiempo— sino que me permitió meterme en una cosa que es apasionante y que no tiene final: la cultura irlandesa sobre la que al principio no sabía nada. O prácticamente nada. Había leído a dos poetas y tres escritores irlandeses pero no había llegado muy lejos. Ahora, mucho tiempo después de haber terminado el libro, sigo encontrándome con historias de la cultura irlandesa que me interesan muchísimo. He descubierto ahora al autor del libro sobre las islas Arán que era un tipo del que proviene Samuel Beckett, porque John M. Synge inventó el teatro campesino irlandés. Y ese hombre fue a Arán por consejo del poeta Yeats, que le dijo: “En estas islas hablan solo el gaélico. Haga un trabajo antropológico sobre la gente que vive allí”. Pero este hombre escuchaba las conversaciones en gaélico y no las entendía y entonces se las imaginaba. Espiaba desde un agujero del primer piso donde vivía las conversaciones de abajo de la fonda en la que vivía. Todo inventado, pero involuntariamente, porque él creía que lo que oía era aquello. Y lo que imaginaba –deducía todo el rato que perduraba el paganismo por debajo del aparente catolicismo de los isleños- lo escribió. Y luego montó muchas obras en el teatro Abbey de Dublín. Durante cuarenta años el teatro que se hizo ahí lo inventó Synge. Aparecían muchos vagabundos, muchos personajes errantes, la gente perdida de las islas. Beckett sale de lo que vio como espectador en el Abbey.

¿No tuviste tú una experiencia similar en una Documenta reciente? ¿Exponerte a lenguas que no comprendías pero que de pronto imaginaste que podías descifrar?

Chino y alemán, sí. Es que estoy estudiando a Synge porque estoy escribiendo sobre mi experiencia este verano en Kassel, mi viaje al centro mismo de la vanguardia del arte contemporáneo. Va  a ser un libro, entre otras cosas, sobre mi situación absurda en un restaurante chino, donde oía siempre alemán y chino y recibía visitas de gente que me contaba historias. Al contarle que iba a escribir sobre esto a un amigo irlandés que vive en Barcelona —tiene un nombre que parece inventado pero es real, se llama John William Wilkinson— ese amigo me dijo, esto se parece a lo que hacía un autor irlandés clásico, un tal Synge, un poeta que espiaba a la gente de las islas Arán y creía entender de qué hablaban cuando en realidad no entendía nada.

Y entonces para ti los libros son un camino inverso. En vez de ir de la lectura a la escritura, vas de la escritura a la lectura.

Digamos que me da mucha pereza leer, y que leo gracias a que me he puesto a escribir. Sé que esto es peligroso decirlo porque puede parecer incluso frívolo. Pero a mí me ayuda mucho trabajar así porque la sola perspectiva de saber que voy a meterme en un tema sobre el que escribiré, me permite leer con más entusiasmo y más interés sobre cuestiones que, al igual que todas las demás cuestiones del mundo, en el fondo me importan relativamente.

Me gustaría saber más sobre tu sistema de lectura: si te remontas a la infancia, ¿fue siempre así, primero el deseo de escribir y luego el de leer?

No me puedo remontar muy lejos, porque de mi infancia no recuerdo casi nada. No tengo infancia. “No tengo recuerdos de infancia”, decía también Perec. Les pregunté a mis hermanas el otro día a ver si se acordaban de algo que me hubiera pasado a mí de niño. Y es que los de la Orden del Finnegans me habían encargado un texto sobre mi infancia y no sabía qué contar… (risa) No tengo nada que narrar de esos años porque no hubo conflictos en mi infancia. Todo fue… no diría que feliz, pero sin conflicto. Por eso llamé a mis hermanas para que me dijeran qué recuerdos tenían de mí y de ahí salió el cuento, hecho enteramente con recuerdos prestados.

¿Y cuáles eran esos relatos de infancia que has olvidado?

Cada una me contó una cosa distinta. Que las espiaba (cosa que yo ignoraba), que me subía a una pared para ver cómo se desnudaban antes de ir a dormir. Y que leía libros delante de ellas al revés, y que los leía al revés porque trataba de hacerme el interesante, de mostrarme mayor. Pero, por lo visto, no estaba leyendo, me dedicaba sólo a controlar lo que hacían ellas. Parece algo ridículo, ¿no? (risa) Pero sí me gustaba mucho leer, y sentía que quería hacer algo relacionado con los libros. Me parece que tampoco es tan extraño esto último. La escritura viene de la mímesis: una primera persona escribió, fuera quien fuera, y alguien copió su idea y su gesto. Julien Gracq ha hablado de esto. Siempre que le preguntaban sobre el misterio de dejar de escribir, sobre los escritores que no escriben más decía: el único misterio es quién fue el primero que escribió y que después todos los demás se dedicaran a copiar ese gesto.

Yo empecé así también, copiando libros. A mano, palabra por palabra. Los copiaba por las noches porque tenía ocho años, nueve años, y no tenía nada propio que contar. Así aprendí y de pronto empecé a escribir mis propios relatos.

¿Era para mejorar la caligrafía también, o simplemente porque querías escribir?

No, simplemente me gustaba un libro y lo copiaba. Y luego me gustaba otro libro y lo copiaba… Verbátim. Es una costumbre que me quedó, tomar nota de ciertas frases, de ciertas palabras, los libros están llenos de recursos, son también los mejores diccionarios.

Hay libros que se han hecho así, de frases de otros. Hay uno de Hugo von Hofmannsthal,El libro de los amigos se llama. Y el norteamericano Wallace Stevens tiene un libro maravilloso, Sur Plusieurs Beaux Sujects (le puso título en francés), un cuaderno de apuntes, de notas que él tomaba. De frases que le permitían reflexionar y escribir otras cosas. De todo libro –por supuesto también de los más pésimos- se pueden extraer frases interesantes…

Hacía algún tiempo, a propósito del libro de Harold Bloom, se discutió mucho la angustia de las influencias. Ahora se discute el plagio, como problema. Jonathan Lethem tiene un ensayo muy lúcido y postmoderno donde hace una apología del uso de los recursos de la cultura. La producción cultural no puede originarse en el vacío, es siempre un modo de reciclaje, una cita constante.

Es que hay diferenciar entre un tipo de plagio como el del que toma artículos de otros y los presenta como suyos y otro tipo de plagio que define Eugenio D’Ors: “Todo lo que no es tradición es plagio”. Y Terencio, por remontarnos más atrás, dijo antes algo similar: “Todo está escrito. Todo ha sido escrito ya”.

Quizás de ahí saca Borges la idea de que todos estamos escribiendo el mismo libro, escribiendo entre todos la tradición.

Y Kafka tiene una frase que dice literalmente: “Yo escribo pero no tengo nada que decir. Ya todo está dicho”. Por ahí va mi última novela, Aire de Dylan. Parte de una frase atribuida a Scott Fitzgerald, es una investigación para averiguar si la escribió Fitzgerald cuando era guionista de la película “Tres camaradas” [que dirigió Frank Borzage en 1938] o si la frase la escribió el otro guionista, porque eran dos. Hice un viaje a Los Ángeles para investigar esto.

¿Un viaje real o un viaje inventado?

Lo inventé, pero tenía que ir a Los Ángeles para investigar. Pero se me antojó una investigación imposible a hacer sobre el terreno, por el tiempo que había pasado no habría podido encontrar a los guionistas ni a sus descendientes ni a nadie para verificar cuál de los dos escribió esa frase… En cambio, investigando sobre el papel la historia, descubrí, gracias a Javier Coma, que eran ocho los guionistas en lugar de dos, y que el productor, Mankiewicz, participó mucho más que todos los demás en el  guion. Eran nueve posibilidades distintas. Y la verdad me llegó a través de una revelación durante la escritura del capítulo dedicado a aquella investigación.

 ¿Entonces, era o no era de Scott Fitzgerald la frase?

Descubrí que no. A través de mi propia escritura me llegó la revelación de que había sido del padre de uno de los guionistas. Un señor que se llamaba Harlem (tenía nombre de barrio neoyorquino, ya ves). Pero te cuento todo esto porque cuando ya había descubierto que la frase la había escrito el padre de uno de los guionistas, me di cuenta de que este hombre a su vez la había tenido que oír antes en otro lugar. La frase es muy bonita: “Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”.

“Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien.”

Sí. Yo creí que era de Scott Fitzgerald porque sonaba totalmente a “Suave es la noche”, por ejemplo. Entonces, pensé: el padre del guionista que inventó la frase se la tuvo que oír, por ejemplo, a su abuela. No le salió porque sí, sino que venía de alguna otra parte. La investigación me llevó a la Biblia: “Al comienzo estaba el verbo.” Es decir, descubrí que me había adentrado en una investigación que era infinita y llegaba al origen de la palabra misma, al comienzo de la Biblia, y por tanto llegué a la conclusión de que en realidad las palabras, las frases, son de todos. Y todo partió de una pregunta que me hizo una señora para un facebook que se llama “Leyendo a Vila-Matas” donde hay mil quinientas personas inscritas y de vez en cuando me interrogan y a alguien se le ocurrió decirme: “La frase que usted siempre cita de Scott Fitzgerald, ¿esa frase es suya?” Me lo decía ironizando sobre la apropiación mía de frases. “¿Es suya o de Scott Fitzgerald?” No  era mía, pero siempre había pensado que era de Scott Fitzgerald y en ese momento me di cuenta de que no estaba tan claro eso.

Sobre todo siendo tu mismo un fabulador…

Estaba seguro que era de Fitzgerald porque es lo que pensé mientras veía la película, y además porque en la televisión española siguió un coloquio  (en la época en la que hacían coloquios sobre cine, muy densos) donde todos los coloquiantes afirmaron que era sin duda  de Fitzgerald, que  no podía ser de otro porque era una frase preciosa y muy en el estilo de ese escritor.

Tenía que ser una frase de escritor.

Es lo que yo había pensado. Pero luego la realidad son las novelas, porque las novelas son una investigación sobre la realidad. Y una cosa que parece obvia y no lo es, ni mucho menos, te lleva a descubrir que esa frase viene del origen de los tiempos. Y en los orígenes las palabras, según Walter Benjamin, eran ideas. Solo ideas, no palabras. Esto está, por ejemplo, en Los detectives salvajes de Bolaño, la idea de que somos como investigadores de una realidad muy compleja que no se nos ofrece a primera vista, y que cuanto más obvia es, menos verdadera resulta.

¿Tu obsesión con los escritores de dónde viene?

No lo sé muy bien. Siempre me dije que un día acabarían preguntándomelo y entonces yo aprovecharía para reflexionar sobre el asunto y preguntármelo a mí mismo. Me diría, a ver Vila-Matas, ¿de dónde viene esa obsesión con los escritores? Bueno, la verdad es que creo que simpatizo con ellos cuando son buenos escritores, quizás porque sé lo difícil que es ser un buen escritor. Y, por otra parte, precisamente porque sé lo que cuesta escribir bien, me dan pena, les compadezco. Cuando digo buenos escritores me refiero quizás a escritores verdaderos, a lo que yo entiendo por escritores auténticos.

¿Y qué entiendes tú por auténtico escritor?

Una especie de escritor de raíces románticas que unen literatura y vida, y que realmente va a fondo en ese trabajo. Que se juega la vida con eso, quizás porque la literatura forma parte de él mismo, está soldada a su espíritu, es lo esencial para él.

Una conexión orgánica entre vida y obra.

Sí, sí, muy unido. No es una gran verdad ni nada. Pero esa definición sirve para registrar inmediatamente al escritor falso, al escritor monótonamente profesional, al escritor funcionario, al escritor que está escribiendo por dinero únicamente, al escritor que en realidad se lo pasa en grande en otros lugares y mil sitios y la escritura le parece una actividad más y sin mayor trascendencia, al tonto, al que ve en la literatura una actividad secundaria, etcétera…

¿Secundaria?

Secundaria, sí. El mundo actual se ha poblado de escritores falsos… Es un mundo en el que, como decía mi agente el otro día, los escritores literarios están siendo abandonados para ser sustituidos por escritores comerciales. Así lo dijo, literalmente. Es brutal.

¿Y sabes que alguien es un escritor falso cuando lees la obra o cuando conoces al escritor?

En cuanto los veo por ahí, lo detecto enseguida.

Usas tu rayo-equis.

Todo depende de la relación que tenga con la escritura, es decir… no sabría cómo decirte pues no tengo una máquina para verificar esto (risa), pero sé medir si son idiotas, porque uno de los asuntos que pasan más desapercibidos es el hecho de que el 95 por ciento de los escritores no tiene una inteligencia muy alta, muy privilegiada. El campo de las ciencias, por ejemplo, es muy superior en talentos. Estoy seguro. Yo te lo digo porque en la vida he ido conociendo a tantos escritores, entre ellos tantos escritores españoles. El porcentaje de idiotas, de burros, es escandaloso. Todo eso convive con un mito: la gente cree que por ser escritor eres un sabio y seguramente un gurú o maestro en la vida…

Pensaría que la relación entre escritores, falsos o auténticos, es una relación compleja, de mucha rivalidad.

En mi atracción por ciertos escritores hay también una idea de compañerismo, quizás hasta de solidaridad ante el sufrimiento. Algo me intriga mucho: saber cómo resuelven ellos los problemas de la vida. Creo que eso explica que algunos me atraigan tanto. Quizás es que me intriga saber cómo es la vida de los pares, ¿no? No cómo desayunan por la mañana ni cómo lo hacen para sentarse a escribir. Consuela  a veces saber que estamos en el mismo drama. De hecho leyendo el Diario de invierno de Paul Auster, que es, por cierto, de los mejores libros suyos, encontré  cosas que contaba que son exactas a las que me pasaban a mí y seguro que a tantos otros.

¿Como cuáles?

Cosas de la vida cotidiana, el hecho, por ejemplo, que yendo con mi mujer por las calles de alguna ciudad extranjera yo me pierdo siempre… Y no sé dónde estoy porque confío en que ella ya lo sabe. Controla las calles y los lugares. A mí me encanta no saber a dónde voy, es propio de alguien que escribe. Me gusta perderme.

Nunca había hecho esa conexión. Es cierto que hay una relación entre cómo uno experimenta la ciudad con la forma que uno tiene de escribir. Porque uno está escribiendo para encontrar algo que no sabe qué es. No para ir en línea recta a un lugar que ya conoce.

Bob Dylan dice al comienzo de No direction home: “Salí para encontrar el hogar que había dejado hacía tiempo, y no podía recordar exactamente en dónde estaba, pero se hallaba en el camino. Y al encontrar lo que me encontré en el camino todo era tal como lo había imaginado. En realidad, no tenía ninguna ambición, no creo que tuviera ambición para nada. Nací muy lejos de donde se supone que debo estar, y por lo tanto voy de camino a mi hogar” ¿No será que nos desplazamos y escribimos para encontrar un lugar en el camino, un lugar en el mundo, el hogar del que tal vez venimos y al que deseamos regresar, aunque no sabemos cuál es el camino que conduce a él?

¿Te pasa alguna vez de estar en un lugar y no saber dónde? ¿No saber en qué país o ciudad? Preguntarte ¿dónde estoy?

Aquí en Estados Unidos me ha pasado un par de veces ya. Hoy mismo, tenía en la habitación música mexicana y, como hace quince días estaba en México escuchando la misma música, me he confundido del todo. De México volví a Barcelona y de Barcelona he vuelto aquí. Iba a lavarme los dientes hace unos minutos y pensé que no debía tomar agua porque no era potable el agua mexicana (risa). Pero, son segundos de confusión; si fueran más de cinco segundos sería una locura. O no. A lo mejor sería que he llegado por fin a mi verdadero hogar. (risa)

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