El loco Salinas. Enrique Vila-Matas.

Posted on noviembre 7, 2012 por

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No hay relato que sintetice mejor el mundo de Georges Simenon que El hombre en la calle. Ahora podemos leerlo en el pequeño volumen que acompaña la publicación en Acantilado de los primeros títulos de las obras completas de este gran autor. El hombre en la calle es un cuento que, entre los muchos de Simenon, habría pasado desapercibido de no ser por García Márquez, que lo leyó de joven en un hotel de Guajira, en Colombia, y luego olvidó el título, aunque nunca lo que allí se narraba. Se pasó décadas buscando ese relato perdido, hasta que Toni López Lamadrid investigó y dio con el cuento y lo publicó en Tusquets en 1994.

El hombre en la calle narra una persecución, en realidad un duro cerco: “Así empezó una cacería que iba a prolongarse durante cinco días y cinco noches, entre transeúntes apresurados, en un París indiferente, de bar en bar, de taberna en taberna; por un lado, un hombre solo; por otro, Maigret y sus inspectores…”.

El perseguido tiene al principio la apariencia de un hombre educado y de orden, pero se va convirtiendo a lo largo de los días, a medida que cada vez está más a la intemperie o en los bares, en un hombre a secas, un hombre solo, un hombre en el que se dibujan los rasgos del monstruo que hay en todos nosotros.

“El hombre desnudo, despojado de todo cuanto lo disimula ante el mundo, ese es el héroe de Simenon”, ha escrito Pierre Assouline. Ese héroe, según Félicien Marceau, es “el hombre de las cavernas más algunas neurosis”. En definitiva, el hombre en lucha con su destino. Maestro en describir ese combate, Simenon demostró una capacidad desbordante (según Banville, una compulsión) para mostrar el mundo tal como realmente es, en todo su raquitismo, emoción y bestialidad. Sus lectores conocen bien ese “momento decisivo” en que pilla desprevenida a la realidad y la capta en su más genuina esencia. Simenon, el gran moderno, fue experto en acercarse al alma del hombre solo, tan próximo a aquel Baudelaire que inmóvil en París oía cómo lentamente los leños caían sobre el empedrado y anunciaban el invierno, y todo lo escuchaba en estado de vela, sin sentir la necesidad de hacer nada, salvo oír ese sonido, sordo y repetido, el sonido de la vida.

Sin necesidad de hacer nada, así vive el tucumano Carlos Horacio Salinas en el barrio de Caballito, en Buenos Aires. Durante días y noches, el periodista Diego Jemio fue estrechando un largo cerco, al estilo Maigret, para dar con él y entrevistarlo para Panenka, formidable revista barcelonesa que ensambla fútbol con literatura. Al final, a Horacio lo encontró en la calle, explicando a quien quisiera oírle que fue campeón de la Libertadores y del mundo con Boca Juniors y un día llegó a tener un millón de dólares, siete pisos y muchas mujeres y cocaína, pero fue transferido como parte del pago por el traspaso de un tal Diego Maradona y ese fue el comienzo de su fin: “Qué puta suerte la mía. Pensé: paso varios años en Boca y justo ahora tiene que venir el mejor del mundo”.

Toda la entrevista con Horacio alias El Loco Salinas tiene la atmósfera de un Simenon implacable. No falta en ella el clásico hombre solo y despojado, a solas con su verdad más seria, un tipo de 58 años con el aura de quien “pudo ser rey” de no haberse cruzado con Maradona. Detenciones policiales, un intento de suicidio, todo eso pasó en otros días. En la actualidad El Loco está sosegado, no hace nada nunca, mientras escucha cómo caen los leños que anuncian un invierno implacable. No tiene teléfono, no quiere hablar con nadie ni que nadie hable con él. Es todo un Oblomov (el gandul de la literatura rusa) sin saberlo.

—La gente está muy pelotuda. Se toman la vida muy a pecho. ¿Y qué es la vida?

—No sé, Horacio. ¿Qué es?

—Nada es la vida.

Como en el mejor relato de Simenon, El Loco siente el aliento del aire frío en el último callejón del barrio.

FUENTE: EL PAÍS