La vanguardia verdadera y feliz. Enrique Vila-Matas.

Posted on marzo 9, 2012 por

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A la salida de A bigger picture, la monumental exposición de David Hockney en la Royal Academy me pierdo por laberínticas callejuelas del viejo Londres, mientras finjo que ando todavía impresionado por lo que acabo de ver, por las pinturas y de dibujos de iPad que reflejan la evolución a lo largo del año de los paisajes rurales de Yorkshire.

Pero no sé, quizás sea cierto que ando de verdad impresionado. Afuera, es invierno y subo el cuello del abrigo. Atrás queda el bullicio de todas esas salas tan vivas en todos los sentidos, tan abarrotadas de un público dedicado a conversar en voz alta, entre los colosales lienzos, de un modo sorprendentemente desinhibido.

Prosigo la marcha y me viene a la memoria la reseña del joven Alastair Sooke en el Telegraph, donde este crítico aventuraba que quizás fuera una cuestión generacional, pero para su gusto los cuadros de Hockney exhibidos en la Royal Academy —frescos, luminosos, encantadores— eran demasiado corteses y, además, inverosímilmente felices.

Trato de comprender cuál es el problema que puede causar algo que sea “inverosímilmente feliz”. La verdad es que acusaciones de este tipo, que se mezclan además con la “cuestión generacional”, uno siente que ha de leerlas manos arriba. En casos como este, recurro a aquella máxima que dice que la prueba de una inteligencia superior es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar. He conocido y sigo conociendo personas capaces de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decididas a hacer que sean de otro modo. De hecho, esta es mi filosofía desde que entré en la edad adulta y vi que lo improbable, lo no plausible, a menudo “lo imposible” estaban sin embargo a mi alcance.

¿No se parece lo imposible a “la inverosímil felicidad?” ¿No será que esta última no llega a hacerse realidad en la juventud, pero sí se halla plenamente a nuestro alcance en la edad madura? Marcho ahora con extraña decisión, quizás a causa de lo que voy pensando y, sin saber cómo, desemboco en Gough Square, una placita perdida de la City en la que encuentro la que seguramente es la única estatua pública a un gato célebre: el gato Hodge, “a very fine cat indeed”. Enfrente de la estatua, está la vivienda del dueño del gato, la casa de Samuel Johnson, el hombre que mejor conocemos del siglo XVIII inglés (Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, traducción de Miguel Martínez-Lage, Acantilado). En la cuarta planta de esa casa, el doctor con seis amanuenses y la compañía taciturna del gato Hodge escribió el primer diccionario del idioma inglés.

Ese gato está en Gough Square, pero también en la cita que abre Pálido fuego de Nabokov, una humorística cita entresacada de Vida de Samuel Johnson: “Esto me recuerda el grotesco relato que le hizo al Sr. Langton del estado lamentable de un joven de buena familia. ‘Señor, lo último que he sabido de él es que andaba por la ciudad matando gatos a tiros’. Y entonces, en una especie de dulce fantaseo, Johnson pensó en su gato favorito y dijo: ‘Pero a Hodge no lo matarán, a Hodge no lo matarán”.

De eso se trata, me digo, de que nuestro gato se eternice como estatua pública. Pálido fuego consigue ponerme siempre de buen humor, me ensancha al mundo, me permite huir de las complicaciones burdas, cuando no innecesarias, de la literatura experimental de hoy en día, tan rancia. No en vano, Nabokov y Pálido fuego fueron para mí durante años, como también Hockney, los representantes de la vanguardia verdadera y feliz. Hoy les asocio con esa extraña alegría que llega en la edad madura cuando vemos que las cosas son irremediables y, sin embargo, estamos decididos a hacer que sean de otro modo, lo que nos deja en un estado de felicidad irreal, ciertamente inverosímil, pero siempre exultante, al menos ante el gato eterno.

Fuente: El País