Viajes con Walter Bonatti. Enrique Vila-Matas.

Posted on febrero 16, 2012 por

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Oí hablar por primera vez en mi vida de Walter Bonatti cinco días antes de que dieran de súbito la noticia de su muerte. Fue un hombre muy conocido, un gran mito del alpinismo, pero a mí jamás me interesó la escalada de montañas, quizás por eso jamás había reparado en Bonatti. Hace dos semanas, mientras zapeaba distraídamente en el televisor, di con el comienzo de un extenso documental italiano que hablaba de la triunfal expedición alpina de 1954 a la cima del K2, la cumbre paquistaní que coronaron Lino Lacedelli y Achille Compagnoni. Aunque el tema del montañismo me era indiferente, me concentré en aquel documental, quizás porque éste comenzaba narrando con detalle los preparativos de una gran expedición, el largo viaje en barco desde Italia a Pakistán, la contratación ya en tierras orientales de una multitud de porteadores de víveres… Aquel vigoroso arranque de la aventura y también el tecnicolor tan irreal de los años 50 me atraparon frente al televisor. También es verdad que, por lo general, los preparativos de viajes siempre me han interesado, pues suelen abrir ciertas expectativas y la sensación, además, de que, de un momento a otro, puede suceder algo.

 Estuve viendo el largo documental convencido de que en él hablaban, cuarenta años después, todos los italianos supervivientes de la expedición, hasta que de pronto, hacia el final del mismo, descubrí que uno de ellos, Walter Bonatti, se había negado a hablar en la película, había dicho que prefería no hacerlo. Poco a poco, como si hubiera entrado en una película de intriga, fui conociendo las causas de aquel silencio radical. Sucedía que en los momentos ya casi finales de la mítica escalada al K2 Walter Bonatti había subido varias botellas de oxígeno (junto a un sherpa paquistaní llamado Mahdi) para sus dos compañeros de escalada, Achille Compagnoni y Lino Lacedelli, con el fin de que al día siguiente estos dos pudieran lanzar el último ataque a la cumbre. Pero, al caer la noche, Bonatti y el sherpa fueron traicionados y abandonados a su suerte por Compagnoni y Lacedelli. El sherpa enloqueció y huyó montaña abajo mientras que Bonatti se quedó allí toda la noche, en la llamada “zona de la muerte”, a ocho mil metros de altura, y logró increíblemente sobrevivir, aunque le dejó ya para siempre una desconfianza absoluta hacia los seres humanos, tanta que a partir de entonces decidió no escalar nada en grupo y, además, luchar para que se conociera algún día la verdad de lo sucedido allí a cuatro pasos de la cumbre.

Cuando terminó el documental, acudí a Google para saber más sobre aquel Walter Bonatti que había preferido no hablar y que en todo caso había sido la primera persona de toda la historia que había sobrevivido a 8.100 metros de altura, en una repisa en mitad de la pendiente última del K2, con una temperatura de 25 grados bajo cero, acentuados por un viento de 70 kilómetros por hora. Descubrí con sorpresa que estaba casado con Rosana Podestá, actriz italiana que cuando yo tenía 11 años rodó la película Un vaso de whisky en Barcelona y entró un momento una noche, casi por azar, en la casa de mis padres. Descubrí también que Bonatti, hombre de una gran pureza y honestidad, había escrito a propósito de la grave traición (a sus compañeros no les preocupó que pudiera morir) en la cumbre del K2: “Eso marca a fuego el alma de un hombre joven, y desequilibra su espíritu lo suficiente para hacerlo enfermar”.

Cinco días después de haber visto aquel documental, oí la noticia de que Bonatti había muerto, lo que me dejó un tanto sorprendido, pues había estado leyendo ya tanto sobre la escalada al K2 que creía ya casi conocerle personalmente. Volví a Google, esta vez para saber cómo había sido su vida después de aquella aventura paquistaní. Y supe así que, tras la desdichada peripecia en la cumbre del K2, nunca volvió a confiar en nadie. Se dedicó a la escalada de dificultad, siempre invernal y en solitario, abriendo increíbles vías en los Alpes y en muchos otros lugares del mundo.

En 1965, en plena forma y con sólo 35 años, Bonatti, el hombre que había preferido no hablar en aquel documental, se retiró del alpinismo. Esa decisión la compararon algunos con la que tomara el poeta Rimbaud, que también dejó su actividad preferida en un momento de plenitud. Aunque algo sorprendente, la aparición de la literatura en la biografía de Bonatti acabó resultando un hecho nada circunstancial, pues en aquel mismo año de 1965 fue contratado por el editor Mondadori para la revista Época, lo que le llevó a emprender durante años varias vueltas al mundo y escribir numerosos reportajes y libros. Buscó las fuentes del río Amazonas en Brasil, estudió a los tigres de Sumatra en Indonesia, y aportó interesantes pruebas que confirmaron que Herman Melville, el autor de Moby Dick y de Bartleby el escribiente, había estado realmente preso por los caníbales en las islas Marquesas, tal como éste había afirmado en Taipi, un Edén caníbal, su novela autobiográfica de 1846.

Cuando supe esto último, entendí que haber visto aquel documental sobre el K2 me había llevado a tener que considerar ineludible desempolvar de la biblioteca mi viejo ejemplar de Taipi. Sin haberme movido de casa, parecía ya casi Indiana Jones avanzando hacia puertas que se abrían a nuevas incógnitas. En Taipi di con un oscuro pasaje descriptivo de ese libro en el que un indígena removía con un gigantesco palo un carnoso material inconfesable y me pareció que me adentraba en la escenografía clásica caníbal de la gran cacerola hirviendo y el gran palo que remueve el manjar humano.

Quizás de Taipi procedía la imagen de la olla y la gran cuchara de madera que luego sirvió de soporte para tantos dibujos de los tebeos de mi infancia. Pensé en esto y luego me dije que aquella expedición que había puesto en marcha el silencio de Bonatti en el documental me había llevado muy lejos, aunque quizás fuera lo contrario y sólo se había cerrado un gran círculo. Sí, un círculo infernal. ¿O acaso las reticencias de Bonatti hacia el género humano, su pérdida de confianza en los otros, no conectaban con el canibalismo y también con aquellos dibujos que fui viendo a lo largo de la infancia y que tanto me instruyeron sobre las tan variadas formas de la desconfianza?

Fuente:  El País