La vida desde el tren – Enrique Vila-Matas

Posted on noviembre 30, 2011 por

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Es conocido el caso del poeta W. H. Auden, que iba cruzando los Alpes junto a unos amigos y leía con atención un libro, pero sus acompañantes no dejaban de lanzar exclamaciones de éxtasis ante lo majestuoso del paisaje; durante unas décimas de segundo, despegó la vista del libro, miró por la ventanilla del vagón de tren y regresó a su lectura diciendo: “Con una mirada alcanza y sobra”.

Auden recuerda al Quijote. Al igual que este, caza un atisbo de la realidad y deja que la imaginación haga el resto. Pensé en esto ayer mientras veía representada en un colegio de los salesianos de Barcelona El coloquio de los perros, esa obra en la que Cervantes reflexiona sobre las relaciones entre la literatura, la verosimilitud y la realidad e inventa la narración ensayística, o el ensayo narrado, la larga senda que llevaría a Borges y que tanto escandaliza a algunos de mis paisanos.

El coloquio de los perros muestra una gran fe en un tipo de novela autónoma, de novela consciente de que el arte se parece a la vida, pero no es la vida, y precisamente por eso no tiene por qué justificarse ante la realidad: “Y así, te digo otra vez, lector amable, que destas novelas que te ofrezco, en ningún modo podrás hacer pepitoria, porque no tienen pies, ni cabeza, ni entrañas, ni cosa que les parezca”.

Permítanme un soplo de humor: los que esperan encontrar “entrañas” en las novelas están tan mal como la economía española: se hallan en el siglo XIX y no en la época de Cervantes. Y así nos va, señores.

Para olvidar semejante catástrofe, estoy leyendo a Luigi Pirandello, que murió en Roma en 1936. A diferencia de otros contemporáneos, vivió en su siglo, quizás porque fue un gran admirador de esa risa que lo enmascaraba todo en las tragedias de Cervantes, su gran maestro. Acabo de leer un humilde número de relatos de los 240 que se incluyen en los tres tomos de Cuentos para un año, recién publicados por Nórdica, con excelente traducción y prólogo de Marilena de Chiara. Se conocen menos los cuentos de Pirandello que sus obras de teatro, pero en los relatos se halla el germen de toda su obra dramática. En uno de ellos, El viaje, fascina la facilidad con la que de un atisbo de realidad -la conciencia repentina de la pobre Adriana de su muerte inminente- brota de pronto del propio texto, de la forma más conmovedora e inesperada y más artística imposible, la vida de verdad.

Está dicho pronto: la vida, con toda su fuerza, me ha sido posible encontrarla en un cuento, yo diría que al modo en que en su día la encontré en este verso de Gil de Biedma. “De la vida me acuerdo, pero dónde está”.

El viaje narra cómo la pobre Adriana sale de un plomizo pueblo siciliano en el que ha vivido enterrada durante décadas y por primera vez viaja en tren y a cada tramo, nos dice Pirandello, a cada giro de rueda, tiene la impresión de avanzar en un mundo desconocido, lo que le provoca una sensación de pena muy sutil e indefinible. En Palermo descubre que va a morir. El mundo se acaba. Pero, al salir de la consulta del médico, en el deslumbramiento del sol del atardecer, entrevé el hormigueo de la multitud ruidosa, los rostros y los trajes encendidos por reflejos purpúreos, los destellos de luz y de colores, la vida, solo la vida irrumpiendo “en tumulto en su alma, con todos los sentidos conmovidos y exaltados por una ebriedad divina”.

Es emocionante ese instante porque, además, Pirandello parece entender que la vida, como en Cervantes, es un momento apresado por las formas y quizás la belleza solo exista en el momento de su disolución, cuando vida y muerte se unen en una sola figura al atardecer. No hay cuento más realista y al mismo tiempo más autónomo de la realidad que este de Pirandello en el que la vida es el tiempo de mirar por una ventanilla de tren que viaja hacia la nada y comprender que todo dura un instante pero es eterno.

Fuente: El País

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