Sentir el mundo ahora – Enrique Vila-Matas

Posted on noviembre 23, 2011 por

0


Fuente de este texto: “Las Malas Juntas”

Sentir el mundo ahora – Enrique Vila-Matas

1

La lectura es un arte, aunque muchos autores de hoy lo ignoran, ya que andan atareados complaciendo lo que se espera de ellos: intrigas trilladas, personajes que hablen como en las series más mediocres de televisión, estilo de tiralíneas. Claridad se les reclama, y que no embrollen. Que respiren con naturalidad y no ensombrezcan las mañanas.

Ostentadora del gusto general, la mayoría lectora, que cuenta con la reveladora complicidad del sufragio de los que no leen, actúa como si hubiera vencido en las urnas y eso le permitiera ahora imponer la figura del lector pasivo y someter cualquier lectura individual a la más burda lectura general, prisión de todos.

Tiene este horror su lógica si se piensa que entre los lectores de hoy triunfa aquella comodidad que ya en los años treinta llevó a Cyril Connolly a ironizar sobre los perezosos: “Con independencia del talento que inicialmente posean, se condenan a ideas y amistades de segunda mano”.

Hasta donde alcanza la memoria, mi icono clásico del lector activo es una lectora, Anna Karenina, viajando de noche en el tren de Moscú a San Petersburgo. Justo en el momento en el que Tolstói parece haber suspendido ligeramente la intriga, Anna se coloca en las rodillas un almohadón y, envolviéndose las piernas con una manta, se arrellana cómodamente. Después, le pide a Aniuska una linterna, que sujeta en el brazo de la butaca, y saca de su bolsita roja un cortapapeles y una novela inglesa.

En mi recuerdo, el momento es pura iluminación. Asocio la linterna de Anna con aquella peculiar luz propia, cuya necesaria existencia percibiera Paul Valéry cuando en sus Cuadernos consideró  plausibles un tipo de obras que contaran con la iluminación propia del lector, es decir, un tipo de obras escritas sin pensar en darle algo a quien lee, sino, al contrario, pensando en recibir de él: “Ofrecer al lector la oportunidad de un placer —trabajo activo— en lugar de proponerle un disfrute pasivo. Un escrito hecho expresamente para recibir un sentido —y no sólo un sentido, sino tantos sentidos como pueda producir la acción de una mente sobre un texto”.

Décadas después, Roland Barthes recogería el guante y diría que para devolverle su porvenir a la escritura había que darle la vuelta al mito: “El nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor”. Exageró, pero con su idea dejó entretenidas a dos generaciones de estudiosos y demostró, además, que del acontecer implacable que conduce a la muerte nada nos distrae tanto como la lectura activa.

La famosa muerte. La he visto esconderse en los relojes en La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, esa novela con la que Laurence Sterne llenó de salud la relación del escritor con el lector: “A medida que prosiga usted en mi compañía, el ligero trato que ahora se está iniciando entre nosotros se convertirá en familiaridad, y ésta, a menos que uno de los dos falle, acabará en amistad”.

Leer, cuando se lleva a cabo con linterna propia, es tan difícil y apasionante como escribir.”

Puede que fallarle a tipos como al gran Sterne sea el error de tantos lectores de ahora, consumidores de sucedáneos de la literatura. Pero anima saber que hay indicios del regreso del lector activo. Algo comienza a moverse en medio del barullo de las novelas esotéricas y otros engendros, y se diría que hasta incluso pierde ya fuelle la estúpida exaltación del lector pasivo, que esconde en realidad la exaltación de los que no leen. Reaparece el lector con talento y parece que comienzan a replantearse los términos del contrato moral entre autor y público. Respiran de nuevo los escritores que se desviven por un tipo de lector que sea lo suficientemente abierto como para permitir en su mente el dibujo de una conciencia extraña, incluso radicalmente diferente a la suya propia.

La secuencia central de toda lectura activa contiene el gesto más profundamente democrático que conozco. Es el gesto de quien sabe abrirse al mundo y a las verdades relativas del otro, a la sagrada revelación de una conciencia ajena. Si se exige talento a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que reclaman tolerancia, espíritu libre, capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto del que nos tiene secuestrados. Como dice Liz Themerson, no es tan sencillo para un lector sentir el mundo como lo sintió Kafka: un mundo en el que se niega el movimiento y resulta imposible siquiera ir de un poblado a otro.

Las relaciones entre lector y escritor remiten tanto a un mundo radicalmente negado para el movimiento como a la escena más opuesta: dos aislados poblados kafkianos, acercándose. Una novela es una calle de dos direcciones, animada por dos talentos;  una calle en la que la tarea que se requiere a ambos lados es, al final, la misma. Leer, cuando se lleva a cabo con linterna propia, es tan difícil y apasionante como escribir. Tanto quien escribe como quien lee, aún entreviendo el fracaso, buscan la revelación certera de lo que somos, la revelación exacta de la conciencia personal de uno mismo, y también de la del otro. Y aquellos que sitúan a la lectura al nivel de la experiencia pasiva de ver televisión, lo único que hacen es vejar a la lectura y a los lectores. De hecho, las mismas destrezas que se necesitan para escribir se precisan también para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven en su pequeña pantalla. Los nuevos tiempos traen esa revisión y renovación del pacto exigente entre escritores y lectores. Cabe esperar, parafraseando a Henry James, que pronto pueda decirse que unos y otros trabajan con lo que tienen, y sus grandes dudas son su pasión, y esa pasión es precisamente su gran tarea.

2

“El nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor”, sentenció Roland  Barthes en 1967. La frase hizo fortuna y algunos ineptos para la creación hasta aprovecharon para que ciertos genios del momento se amordazaran a sí mismos y se hundieran en un lodazal. Después –gran misterio-, nadie se excusó por todo aquello ni se ha excusado jamás. En la memoria, al menos, quedan los disidentes. Vladimir Nabokov, por ejemplo, que decía creer en la figura poderosa del autor. De la larga sombra de aquel curioso choque de muerte contra vida, de aquel choque de miradas sobre la autoría, se ocupa Zadie Smith en uno de sus ensayos de Cambiar de idea. Leerlo me ha hecho recordar que para Barthes un texto no desprendía un único sentido —a fin de cuentas teológico— y más bien era un espacio de múltiples dimensiones, un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura. Que el “autor” moderno fuera en realidad una reunión de diversas y viejas escrituras facilitaba al lector activo creativas nuevas lecturas del mundo.

Nabokov parecía no aceptar para sus libros ningún lector que no fuera él mismo o alguien que conociera el arte de la relectura. Para Barthes, vinculado a la crítica posmarxista, un mal lector era un consumidor mientras que el lector ideal era un productor. Allí donde Nabokov veía en la figura del “creador” el principio mismo de la libertad occidental individualizada, Barthes veía precisamente lo mismo, pero no le gustaba, ya que veía a los “autores” como eternos copistas (a lo Bouvard y Pecuchet), gente sublime y cómica a la vez, cuya profunda ridiculez designaba para él precisamente la verdad de la escritura contemporánea, una verdad tan simple como la de que los autores actuales se limitan a imitar “un gesto siempre anterior, nunca original”.

Cuenta Zadie Smith que cada vez que relee Pnin de Nabokov siente que el autor de la novela controla por completo todas sus reacciones de lectora. Lo logra ese autor soberano mediante un dominio obsesivo de unos detalles que sólo se llega a apreciar que son tan mínimos como inmensamente fascinantes cuando son releídos. Como si el autor le dijera: vivirás en mi casa a mi manera y tal como yo te diga y, en lugar de darte un cómodo paseo por ella, te enfrentarás a una red de pistas y enigmas interconectadas y, más que leer, tendrás que releer si quieres llegar a lo que te propongo: la seria satisfacción de participar íntimamente en “la emoción de la creación”.

Porque de eso se trata con Nabokov, de participar en esa emoción, y de ahí que sea como escritor tan inmenso. Pero ¿no hay puntos de encuentro entre él y Barthes? Para Zadie Smith posiblemente ninguno: “La lectura es creativa, insiste Barthes. Sí, pero la escritura crea, responde Nabokov sin alterarse, y vuelve a concentrarse en sus fichas”

A la vista de todo esto, ¿qué ha de hacer un lector? ¿Decantarse por Barthes o adentrarse a tientas en la casa de Nabokov?  Si es un lector pasivo, no es necesario que se pregunte nada, basta que siga leyendo a los tontos del momento. Pero si desea ser un lector activo, se sentirá muy libre con Barthes mientras que con Nabokov tendrá un reto más alto porque, siguiendo lo que este sugería, tendrá que adentrarse en el arte de la relectura: “Un buen lector, un gran lector, un lector activo y creativo, es un relector”.

Y por cierto, a la vista de todo esto, ¿qué posición puede tomar un autor? Quizás los autores necesiten conservar la fe en Nabokov, y todos los lectores en Barthes. Porque ¿cómo puede uno escribir si cree en Barthes?

Bueno, pensándolo bien, sí es posible hacerlo. Conozco a más de uno —soy tenaz relector— que primero creyó en la muerte del autor y fue copista flaubertiano pero con el tiempo acabó creando un mundo tan radical como propio, fundado paradójicamente sobre las raíces de sus fecundos días de humilde imitador.

Texto leído en París el 21 de noviembre en el Liceo Italiano Leonardo da Vinci, con motivo de la presentación del premio Lattes Grinzane en esta ciudad. Asistieron los alumnos del Lycée International de Saint-Germain-en-Laye, del Lycée International Honoré de Balzac, y del mismo Liceo Italiano Leonardo da Vinci.