El factor Stuparich – Enrique Vila-Matas

Posted on noviembre 23, 2011 por

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A principios del siglo pasado, la brillante nueva generación de jóvenes de Trieste -Scipio Slataper, Carlo Michelstaedter, Carlo y Giani Stuparich, Enrico Mreule y otros- se lamentaban a todas horas de que su ciudad, el activo puerto del imperio austro-húngaro, carecía de la menor tradición cultural. Michelstaedter se suicidó en 1910, abriendo el fuego de las fugas y de las pérdidas. Tras la muerte de su amigo, Mreule decidió irse a la Patagonia. Como comentaría cuarenta años más tarde Giani Stuparich en Trieste nei mei ricordi, había algo en esa ciudad que se oponía a cualquier intento por darle una fisonomía cultural: “Y esto no sólo se debía a un espíritu de desintegración, sino también al hecho de que los individuos se aislaban voluntariamente, o bien partían”.

Después, murieron en la guerra el gran Scipio Slataper y Carlo Stuparich. Y así Giani, el menor de los Stuparich, vio roto muy pronto su sueño de que Trieste, apasionante cruce de culturas, pudiera ser el puente que uniera la civilización milenaria mediterránea con las nuevas civilizaciones que estaban surgiendo en el mundo. Nada de aquel sueño de cultura pudo ser posible, aunque la estela que dejó aquella generación frustrada pervive, porque fundaron la triestinidad y la literatura triestina. Cuando Scipio Slataper se suicidó para no caer en manos del enemigo, dejó una herencia muy ardua. “Giani Stuparich”, escribe Claudio Magris en su epílogo de La isla, “se vio de alguna forma en la necesidad de ser -de querer, pero también de tener que ser- el heredero y el continuador de Scipio Slataper, jefe reconocido de aquella extraordinaria y malograda partida de jóvenes”.

Suceder al insustituible Slataper era tarea compleja y seguramente imposible, aunque, eso sí, hermosa e innegablemente heroica. Stuparich se encontró entre las manos la antorcha con la que tenía que seguir adelante, con la que tenía que suceder no sólo a su hermano Carlo, sino también al legendario suicida. Y no dio la espalda al esencial reto. Se casaría años más tarde -para incidir aún más en aquella trastornadora tarea tan heroica- con la mujer que amaba a Slataper, la escritora Elody Oblath, y naturalmente fue infeliz en su matrimonio. Pero en ningún momento buscó Giani Stuparich mejores opciones para su vida. Actuó de común acuerdo con su destino: a fin de cuentas era el que reunía más condiciones para recoger la difícil herencia de los grandes amigos malogrados, ya que era escritor de ficción, pero también y sobre todo un intelectual responsable, el representante moral de los valores de aquella generación.

La herencia -benéfica, según se mire- haría de Stuparich toda la vida un maestro de rectitud civil y de compromiso democrático. Fue a estudiar a Praga, donde se hizo amigo de Masaryk, que luego sería presidente de la república checoslovaca. Y seguramente, allí en Praga, se cruzó con Kafka y fue su compañero de mesa en el café Europa y hablaron del sentido de la vida y de la literatura, y seguro que lo hicieron siempre bajo la luz fría, objetiva, despiadada de la verdad que uno y otro tanto cortejaron. Podría ser interesante que, algún día, alguien de la estirpe moral de Slataper se decidiera a novelar ese probable encuentro que pudo darse a lo largo de una lenta sucesión de secuencias: el factor Stuparich sintonizando con el factor Kafka en la Praga de los laberintos, los golems, las charadas y las puertas falsas.

Giani Stuparich (Trieste, 1891-Roma, 1961) escribió novelas y ensayos, pero todo el mundo parece coincidir en que su fuerte resultó ser el relato breve y la memoria autobiográfica. Había leído muchos cuentos y prestado gran atención a Gottfried Keller, Antón Chéjov, Giovanni Verga y, sobre todo, a Valéry Larbaud, probablemente el eslabón último en la cadena que le une con James Joyce, descubridor a su vez de Italo Svevo, otro genio triestino. Parece indudable que en el relato La isla fue donde Giani Stuparich dio lo mejor de sí mismo. Es una pieza literaria que me ha impresionado enormemente, tal vez es lo que -sin saberlo- andaba buscando leer. Es un libro perfecto, una obra maestra. Es una historia de vida y muerte, vista con la luz cruel y objetiva -pero también festiva- de la realidad. Es la narración de un encuentro en la isla de Istria entre padre e hijo, un encuentro propuesto y deseado por el padre, a las puertas de su muerte. En ese paisaje luminoso de la isla, muerte y existencia son el espejo único de una situación dolorosa, paradójicamente llena de vida. Padre e hijo, que habían vivido distanciados hasta ese momento, comienzan a saber algo más uno del otro bajo la luz ilimitada de la isla y del fluir de la vida que se escapa por un lado y que alcanza su plenitud por el otro. Stuparich despliega ahí gran capacidad de síntesis poética para contarnos lo que circula por la mente de un padre cuando ve que su hijo pasa a quererle en el momento justo en que ya va a morirse, y lo que pasa por la mente de un hijo cuando ve que el padre encarnó la vitalidad que también él un día habrá de perder, esa vitalidad que precisamente la isla parece que no perderá nunca. Stuparich despliega todas sus artes en este breve relato sobre la vida fugitiva, y lo hace tanto con una lección de serenidad poética como con una noble y misericordiosa humanidad: “Bajo aquella luz despiadada, ya no andaban dos hombres por su camino, sino dos payasos. Un muerto y un vivo se hacían compañía en una bufonesca alianza”.

En la meditación acerca de la muerte es donde suele encontrarse la esencia de la literatura triestina. Ennio Emili habló de una triestinidad negra que serpentea a lo largo de la enfermedad sveviana o de los exorcismos del último Saba, esa tendencia negra que hallamos también presente en la breve obra que dejara el brillante y seductor, tremendo Slataper. Como señala Magris, el factor que incorpora Stuparich es el reverso de ese lado oscuro. Tal vez ese lado oscuro es el defecto más vistoso del héroe insustituible. Según el propio Ennio Emili, en obras como la magistral La isla Stuparich da voz a una triestinidad blanca, es decir, sana, vital, positiva, moralmente comprometida, pero sin esa tensión de muerte que tan a menudo acompaña a lo más sublime de cierta moralidad que acaba siendo dictatorial y aplastante.

El estilo de La isla es lineal y falsamente nítido -la traducción de J. A. González Sainz es tan magistral como el propio libro- y lo narrado es distribuido con destreza y gran concentración poética a lo largo de breves secuencias que van componiendo un friso más próximo a la búsqueda de un sentido del instante fugitivo que de cualquier idea negativa. En esa búsqueda la narración de Stuparich descubre la nada o, mejor dicho, su propia nada, pero de esa nada, en la “luz despiadada” del cielo y del mar, extrae un significado inconmovible; un significado impregnado del sabor pasajero del mundo, tan furtivo como a la vez saturado de esencia: “Es como este viento que trae el aroma del mar: basta respirarlo”.

La isla palpita al sol y saborea el aire, vive el instante pletórico, y sólo el viento parece ahí decir una verdad que no debe inspirarnos temor: llega la muerte, pero la vida fluye. Leyendo este libro esencial que Stuparich publicó en 1942, uno se da cuenta de cómo la literatura europea ha ido perdiendo fuelle humanista y nobleza espiritual para entregarse a las banalidades del frío gótico del futuro. El mundo de Stuparich pertenece al aire de la mañana fresca, no nihilista. Uno imagina las ventanas del despacho triestino del autor, abiertas bajo un cielo vasto y sonoro. Tan vivo está el azul que éste vibra alrededor de la cima del ciprés. La mañana es perfecta. No se oye pájaro ni voz humana alguna, y estamos vivos. El momento es serio, singular, único. “Fue un momento / un momento / en el centro del mundo”, escribe Idea Vilariño. También nosotros hemos recibido la herencia de Slataper. Ahora mismo. Y el instante está saturado de sentido.-

Fuente: El País