Has hecho girar la locura – Enrique Vila-Matas

Posted on junio 11, 2011 por

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HAS HECHO GIRAR LA LOCURA

Prólogo de VILA-MATAS a
Los mejores cuentos
SERGIO PITOL, Anagrama, 2004 

Sergio Pitol está durmiendo en estos momentos en su casa de Xalapa y acaba de caer en las garras de uno de sus sueños más recurrentes y una vez más vuelve a verse andando con sus padres. Está caminando con ellos, van de excursión al campo. Todo en el sueño es idílico hasta que Sergio se pierde y entonces, como siempre, el entorno se le vuelve hostil, tenebroso. Yo, que me encuentro en mi casa de Barcelona a miles de kilómetros de dónde está mi amigo perdido en el sueño, me preocupo por si ese entorno puede volvérsele aún más tenebroso y hostil y acabo imaginando que paseo por las tinieblas exteriores del sueño de Sergio y que desde ellas consigo verle. Una frágil frontera separa mi paisaje de tinieblas del suyo y comprendo de inmediato que cada uno tiene su propio paisaje y que ir de excursión por el entorno tenebroso de su sueño me ha llevado a descubrir que las afueras hostiles son la vida secreta que como escritor lleva mi amigo y maestro. Ahí no tengo nada que ver, porque no quiero verme a mí mismo. Pero me veo y veo que soy yo mismo que anda por su vida secreta. Marcho largo rato perdido por ella. Ensoñación y bruma. Hasta que le oigo decir al maestro: “Aún ahora me sorprende ver mi vida entera transformada en cuentos”. A diferencia de hace unos instantes, le siento en este momento muy cerca, a mi lado, pisando ya la débil frontera, como un oscuro hermano gemelo. 28 de julio Hasta hace apenas unos meses había pensado, descuidadamente, que carecía de maestro literario. En realidad, tras ese descuido, esa negligencia tan deliberada, se ocultaba un prudente deseo de no dañar a Sergio Pitol involucrándole en el embrollado laberinto de ciudades, imposturas, lecturas distorsionadas, imaginaciones y derivas que circulan por mi obra. Pero hace unos meses cometí una irreparable indiscreción al contestar a una pregunta de la periodista Raquel Garzón. Ella me llamó a casa para saber si era cierto, como le habían comentado, que yo era un pitoladicto. Quedé algo desconcertado. -No sé si oí bien –dije. Recordé en ese momento algo muy raro que Pitol acababa de escribir sobre mí: “El tiempo ha hecho de Enrique uno de mis maestros”. Frase generosa, muy propia de Sergio. Pero frase disparatada por supuesto, pues ¿cómo iba a ser yo su maestro? Hasta mi madre, que había leído aquella frase de Sergio, me había pedido que le aclarara cómo podía el gran escritor mexicano pensar que yo era su maestro. Recordé todo esto y vi que había llegado la hora de poner fin a mi negligencia deliberada. No podía ocultar por más tiempo aquella gran verdad. -Sergio Pitol es mi amigo y maestro -dije. Nunca lo había dicho antes. El suave mal ya estaba hecho, pero era para mí evidente que había que hacerlo. No podía permitir por más tiempo que las cosas andaran tan al revés. Era Sergio quien era mi maestro. En la vida y en la escritura. Todo había vuelto a su nivel justo. Le expliqué entonces a Raquel Garzón que había conocido a Sergio en Varsovia en agosto de 1973 y que ya desde entonces le había considerado siempre –aunque en secreto- mi maestro en la vida y en la escritura. Y pasé a evocar el iniciático viaje egipcio que realicé en 1973 con una amiga a la remota y lejana Alejandría, con escala obligatoria de una noche (la compañía de aviación era polaca y salían así más baratos los billetes) en Varsovia. 29 de julio. Llegamos a Varsovia en un 29 de julio, en una fecha como la de hoy, pero de 1973. Han pasado ya pues 32 años desde que salió de Madrid aquel avión que, tras la escala nocturna, tenía que llevarnos, en la tarde siguiente, hasta El Cairo. Yo tenía apuntado un teléfono de Varsovia, el de Sergio Pitol, a quien conocía sólo de vista de los días en que él había vivido en Barcelona. A la mañana siguiente de haber pasado la noche obligatoria en Varsovia y a pesar de mi timidez de entonces, me decidí a llamarle a la embajada de México, donde él trabajaba como agregado cultural. Es muy posible que me atreviera a llamar porque yo acababa de publicar mi primer libro y eso me había dado, por primera vez en mi vida, un cierto ánimo. Y hasta quién sabe si no me decidí a publicar vez tan sólo para hacerme con ese ánimo que tanto me faltaba. Me atreví a llamarle y todo fue más fácil de lo que creía y quedamos inmediatamente para comer y hasta prometió acompañarnos al aeropuerto después del almuerzo. Es más, dijo que había leído Mujer en el espejo, mi libro. Quedé sorprendido, atónito. No conocía a nadie que hubiera leído ese libro. 32 años después, salvo Pitol, sigo igual, sigo sin conocer a nadie que lo haya leído. Se trata de una breve novela experimental que presenta dificultades para el lector, pues carece de las mas elementales comas, puntos y puntos aparte, y cualquier incauto que se adentre en el libro corre el riesgo, si se le ocurre leerla en voz alta, de morir literalmente asfixiado. Por eso ni siquiera he podido yo leerlo. Y tal vez también por eso, movido por la vergüenza de haber dado a la imprenta aquello, inventé no hace mucho que La asesina ilustrada (en realidad mi segundo libro) fue lo primero que escribí y publiqué. Aquella mañana en Varsovia, cuando por teléfono Sergio me dijo que había leído Mujer en el espejo, me quedé de piedra y, además (lo recuerdo muy bien), me pareció el escritor mexicano un superviviente de algo, sin que acertara a saber de qué. Seguramente –me digo ahora- era el superviviente de la lectura de mi primer libro, de mi libro tremendo, del libro asfixiante, de mi verdadero primer libro asesino. Siempre he sospechado que comencé a admirarle mucho antes de saludarle frente al restaurante en aquel inolvidable mediodía polaco. Recuerdo que le di la mano tan sólo porque él me la ofreció, y si me acuerdo muy bien de este detalle tan mínimo es porque no eran en esa época nada habituales en mí las convenciones formales y dudé de llevar a término aquel gesto que a mí me parecía un gesto demasiado formal, tirando a (según mi extravagante punto de vista de entonces) reaccionario. ¡Dar la mano! No me acordaría de que le di la mano (gesto que, por habitual, normalmente se olvida) de no ser por la extraña pirueta mental que tuve que hacer para dársela. Una pirueta contra mis prejuicios revolucionarios. Hoy todo esto sólo me da una cierta vergüenza y me lleva a preguntarme quién debió ser el desaprensivo o desaprensiva que infundió en mí semejantes ideas antiburguesas. Tenía que estar yo muy mal para pensar que estrechar la mano de alguien era sólo un gesto anticuado. Sea como fuere, aquel convencional estrechón de manos inauguró esa relación de maestro a alumno que ha cruzado –como una estrella feliz del destino- toda mi vida. Entramos en el restaurante. Mi amiga y yo habíamos ido a Varsovia para pasar una noche en ella y todo agosto en Alejandría. Pero enseguida con Pitol todo empezó a ir al revés. Al igual que en muchos de sus cuentos, la realidad comenzó a difuminarse. Algunos detalles del restaurante nos daban a mi amiga y a mí una nítida impresión de que íbamos al encuentro de la realidad misma y, sin embargo, esos claros detalles no tardaron en establecer un diálogo con las paredes del lugar y con el vodka que habíamos comenzado a probar y acabaron por instaurar una niebla que incesantemente –como en tantos cuentos de Sergio, aunque entonces todavía no lo sabíamos- fue contaminando y transformando esa realidad, hasta el punto de que nos la transformó por entero haciéndola derivar hacia una visión de lo real al revés. Aquel almuerzo duró un mes entero. O lo que viene a ser lo mismo: pasamos todo agosto en Varsovia y una sola noche en Alejandría. También la perspectiva de ir a la ciudad egipcia fue difuminándose en el tiempo, la niebla y el espacio, a lo largo de aquel agosto. Y mientras tanto yo en Varsovia comencé a saber, a tener noticia, de las lecciones del maestro. En un primer momento, tan sólo de las lecciones particulares que, seguramente para ampliar su sueldo de diplomático, daba Pitol en su casa a diferentes alumnos polacos. No olvidaré cómo en los primeros días no acertaba a comprender los motivos por los que éstos me observaban tanto. Hasta que supe que Sergio les había comentado que yo era su hijo. “Es mi hijo de Barcelona”, les había dicho. Por eso cada día todos me daban la mano. Así pues Pitol fue padre antes que amigo y maestro. 2 de agosto. Hablando de hijos, entre los visitantes más habituales de la casa de Sergio en Varsovia estaba un hijo natural de Lenin. Su madre era una campesina de un pueblo cercano a Cracovia que había tenido relaciones con Lenin cuando éste, antes de la Revolución, había pasado una larga temporada en Polonia. Me quedé muy pasmado el día que me enteré de la verdadera identidad de aquel ciudadano polaco que había pasado un verano en Cuernavaca y hablaba en español con acento mexicano y que en cuanto se cruzaba conmigo por la casa de Sergio disertaba sobre los más variados temas, con notable predilección por París, ciudad que, dicho sea de paso, él no conocía. El hijo natural de Lenin hablaba a veces como el personaje –ahora lo sé- de uno de los primeros cuentos escritos por Sergio. -París –decía el hijo de Lenin- es mujeres. París es tu futuro. París son negras de cinturas elásticas. París son mujeres de muslos fuertes que saben trenzarse como pulpos. París es ganas de ser macho a la mexicana y baladronarse y contar anécdotas de revolucionarios matones, de curas empalados, de hijos que asesinan a sus madres cuando se enteran de quién es su padre. Daba miedo aquel hijo de Lenin. -¿Me cuenta usted todo eso porque le gustaría ser mexicano? -me atreví a preguntarle un día. -No creo. A él sólo le gustan los lugares donde no ha estado -intervino Sergio elevando la voz desde el cuarto de al lado. Hasta que no tuvo doce años, no supo el hijo de Lenin quién era su padre. Y cuando se enteró no le quedó ni tiempo de matar a su madre. Tiempo no tuvo ninguno porque se quedó embobado. “Tu padre”, acababa de decirle su madre, “es el camarada Lenin. Ya es hora de que lo sepas”. El hijo natural reaccionó con tontería. “Pero eso ya lo sabía. Todos somos hijos del Padre de la Patria”, dijo. “No, burro, no. Creo que no me has entendido…”, le dijo la madre y entonces el adolescente se quedó helado, supo quién realmente era. Tal vez por eso, más tarde, agobiado por su nueva identidad aprendió a hablar español con acento mexicano, pues seguramente necesitaba huir del peso de la Historia. Yo no sé por qué sospechaba –había comenzado por primera vez en mi vida a poner yo mismo a prueba mi imaginación- que el hijo natural de Lenin era agente de la KGB, pero Sergio me lo negaba. “Lo que ocurre es que parece un personaje salido de un cuento sencillo, pero sólo en apariencia de un cuento sencillo. -También los personajes de los cuentos de Chejov parecen sencillos y sin embargo no lo son -me dijo Sergio en una de esas sobremesas que tuvieron lugar en su casa a lo largo de aquel fecundo agosto. “También los personajes de los cuentos de Chejov parecen sencillos…” Yo siempre he sospechado que en esa sobremesa fue la primera vez que pensé que yo podía escribir un cuento. Hoy sé que le debo al Maestro esa puerta de pronto abierta, ese pensamiento. 3 de agosto El hijo de Lenin tenía cierta tendencia a la alocución, la charla, la perorata y el sermón. De hecho, se ganaba la vida dando conferencias y tenía fama en Polonia de dejar buen recuerdo en todas sus intervenciones. Su truco era tan simple y sencillo como puede parecerlo a primera vista un relato de Chejov. Se había especializado en dar conferencias sobre cualquier tema y ante los públicos más variados. Yo le acompañé a dos de esas pláticas y soy testigo de su facilidad para el éxito, para el aplauso entusiasta de sus auditorios. Recuerdo muy bien esas dos conferencias. Una tuvo lugar en una cárcel de las afueras de Varsovia. Aunque no entendía nada de lo que les decía a los presos, notaba yo una satisfacción grandiosa entre ellos. A la salida, me enteré por él mismo de lo que les había dicho: “Nada. Les he explicado lo mejor que he podido que la libertad no existe, les he dicho que la libertad es un fantasma, una falacia, un invento de la burguesía”. Al día siguiente, le acompañé a un centro de sordomudos, donde también cosechó un éxito rotundo. También a la salida le pregunté qué les había dicho. “Nada, les he resumido, en el tiempo más breve posible, mi certeza de que el poder de la palabra es puro engaño, una falacia total”. Me acuerdo muy bien que me dijo esto y luego se me quedó mirando con una gran sonrisa que la luz de la luna potenciaba. Inolvidable recuerdo de aquel cínico claro de luna. Aquella noche, cuando nos despedimos, yo entré en un taxi y el hijo de Lenin, antes de cerrarme la puerta, me dijo en una Varsovia a aquellas horas desierta: “El don de la palabra, amigo. Eso fue lo que perdió a mi padre”. Luego supe, ya en el aeropuerto –porque él fue a despedirnos en aquel 23 de agosto en el que mi amiga y yo partimos finalmente hacia Egipto-, que no era hijo de Lenin, que había sido un invento de Sergio del mismo modo que había ideado que yo era su hijo de Barcelona. Pero la lección ya estaba allí. Una lección que venía a decirme que los personajes reales pueden llegar a convertirse en cuentos. De hecho, parodiando el título del primer relato que publicara Sergio (Victorio Ferri cuenta un cuento), habría podido escribir una historia con todo aquel enredo varsoviano que se parecía mucho al enredo mismo de la vida y titularlo así: El hijo natural de Lenin era un cuento. 4 de agosto. No hay por qué creerme, pero todas las noches, ante un iceberg, me acuerdo de Georges Perec cuando se acordaba de Suecia y de Anita Ekberg. Entre mis sueños de estos días: 1) Sergio Pitol se entera en su casa de Xalapa de que le han concedido el premio Nobel y decide que nombrará a Monsiváis en su discurso. 2) Inmediatamente después, Sergio Pitol viaja de Xalapa al Congo y en el territorio de Kurtz hace sus primeras declaraciones a la prensa. 3) Unos meses después, recibe el premio Nobel en Estocolmo y se hospeda en el Gran Hotel de esa ciudad y toma caviar rojo. 7 de agosto. En homenaje al más que merecido Nobel que han dado a Pitol, llevo ya dos días en Estocolmo. Estuve ya aquí el pasado abril y decidí que volvería en agosto, cuando el verano barcelonés se vuelve tan insoportablemente húmedo, asfixiante, cargante. Hoy he visitado el museo de Arte Moderno, donde hay una gran exposición del único pintor que se merece tener una gran, grandísima exposición en Estocolmo: Edward Munch. He comprado un curioso objeto que es un llavero y al mismo tiempo es la figura en miniatura del atormentado personaje de su cuadro El grito.Me ha venido enseguida a la memoria una interpretación original de esa pintura, una interpretación de Strindberg, amigo de Munch y también personaje atormentado: “Es el grito de terror hacia la naturaleza que, consumida de rabia, se dispone a hablar mediante rayos y truenos, a esos seres débiles y necios que son los hombres”. He pensado en la naturaleza de la que habla Strindberg, representada simbólicamente por Munch como el estímulo para la visualización de las pasiones humanas: los siniestros, oscuros, agitados mares del Norte que Strindberg describía con tanto arte en “la franja de la costa”. Nota a pie de página: De no haber conocido a Pitol en aquel agosto de Varsovia, no sabría ahora cómo expresarme acerca del arte de Munch y ya no digamos sobre el del atormentado Strindberg. He salido en barco y he paseado por una deslumbrante parte de toda esa franja de la costa. He visto un barco abandonado, llamado Orión. Y he pensado en Cementerio de tordos, un relato de Pitol: “Imposible ubicar el lugar donde la acción transcurría. Orión tenía otras exigencias. Revelar a un público cultivado aspectos del mundo que desconocía”. Le he escrito una carta-postal a Sergio y, tras hablarle de Orión y resumirle la historia de mis paseos por Estocolmo, le he preguntado si había comentado en alguna ocasión la obra de Strindberg. Luego he recordado unas palabras de Kafka en sus Diarios: “El prodigioso Strindberg. Esa rabia suya, esas páginas obtenidas a puñetazos”. Eran unas líneas que creo que a Roberto Bolaño también siempre le habían llamado la atención. Los puñetazos, el valor, la rabia de Kafka, el miedo y el Norte de todos los desastres. Strindberg escribió esa nota en un 7 de agosto como hoy, sólo que de 1914. Me ha impresionado un poco la kafkiana coincidencia. He pensado que siempre que pienso en las cosas de Sergio, termino encontrando coincidencias inesperadas. He vuelto a Strindberg y he pensado que me gusta mucho escribir en este Gran Hotel que tanto me recuerda al Reads de Funchal, el hotel donde transcurre la acción de El oscuro hermano gemelo, uno de los mejores cuentos de Sergio. He vuelto a Strindberg y he pensado en una no muy conocida faceta del escritor sueco: la de experimentador fascinado por las ciencias naturales y las composiciones psicológicas y adivinatorias, la de hombre atraído por el enigma de ciertas imágenes, ese enigma que insinúa las dificultades de hacer visible la cara oscura de las cosas y los hombres. “Claro de luna. Una luna bastante limpia. Seis árboles; agua quieta espejeante. Claro de luna. ¡Ciertamente!”. Me he dado cuenta de que, pensando en mi maestro, me he perdido como le suele pasar a él en algunos sueños. Estaba caminando con Sergio y de pronto me he perdido en el mundo de Strindberg, y el entorno se me ha vuelto algo tenebroso, strindbergiano. He escapado como he podido, he escapado volviendo a recordar las palmeras salvajes de los jardines del Reads. 8 de agosto Estocolmo bajo la lluvia. Observo que en esta ciudad, al igual que en todos los cuentos de Pitol, la realidad se enrarece con una gran facilidad. Todo el día pensando en los cuentos de Pitol y en unos versos de Antonio Gamoneda que parecen definir mis relaciones con mi maestro y con su vida convertida tanto en pasión por las tramas enloquecidas como en cuentos: “Estaba ciego en la lucidez pero tú has hecho girar la locura. Todo es visión, todo está libre de sentido”. 9 de agosto. -Oiga, ¿cómo definiría usted el estilo del Pitol cuentista? – me preguntó Raquel Garzón aquel día en que llamó a mi casa. Respondí con otra pregunta. -¿Leyó usted Nocturno de Bujara, uno de los cuentos más bellos y perfectos que se han escrito nunca? Le conté cómo, al terminar de leer Nocturno de Bujara, estuve un buen rato preguntándome si había llegado al final, y cómo eso me llevó a rehacer la lectura del cuento y a leerlo de nuevo hasta que me convencí de que el conjunto de fragmentos o detalles que lo componían me habían paradójicamente convertido al cuento en una historia cerrada, que estaría absolutamente clausurada del todo de no ser por un misterio que me di cuenta que nunca yo resolvería. -Hay cuentos en los que Pitol parece que lo cuente todo –apuntó Raquel Garzón. -Lo cuenta todo y deja por resolver el misterio, que es una manera también de contarlo todo. El estilo de Pitol consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es distorsionar lo que mira. Su estilo consiste en viajar y perder países y en ellos perder siempre uno o dos anteojos, perderlos todos. ¿Sabe usted que Sergio pierde siempre los anteojos? Tal vez por eso Juan Villoro escribió que la narrativa de Pitol no busca aclarar sino distorsionar lo que mira. -Comprendo, creo que comprendo. ¿O quién sabe? A lo mejor no comprendo nada. -Quizás no hay nada que comprender, tan sólo esta divisa que parece siempre viajar con mi maestro: “Perder los anteojos y perder los países, perderlo todo. No tener nada y ser extranjero siempre” -¿Y qué entiende usted por distorsionar? –preguntó Raquel Garzón antes de colgar. -Llame a Juan Villoro –le respondí para embrollarlo todo mucho más. ¿A Juan Villoro? Cuando colgó, se me ocurrió pensar, o más bien recordar, que Pitol daba siempre a sus personajes rienda suelta y les dejaba que crearan su propio misterio. Y tuve la sensación de que yo acababa de hacer uso de esa libertad. 10 de agosto He decidido tratar de recordar quién lo dijo y no lo he logrado. Me he pasado la mañana así, metido en un esfuerzo que al final se ha revelado inútil. He terminado por decirme a mí mismo que son dos aproximaciones a la idea general de lo que es un maestro y que en realidad no las ha dicho aún nadie, tal vez simplemente las he soñado esta noche. Sea como fuere, encajan con la visión que tengo de la figura del preceptor, del guía, del maestro. Una dice que éste es alguien en quien hasta la ironía nos produce una sensación de amor, pues sólo el amor puede transmitir la sabiduría. En cuanto a la otra, un maestro sería alguien que goza de un aura casi física y en quien casi resulta tangible la pasión que desprende. Alguien de quién se puede decir nunca llegaré a ser como él, pero me gustaría que me tomara en serio” 11 de agosto He comprado prensa española en la Estación Central y he ido a leer noticias al bar del modernísimo Hotel Nordic Light y de pronto me he sentido una enana marrón. Me explico. Me ha llamado la atención el dato de que un equipo internacional de astrónomos ha confirmado la obtención de la primera fotografía directa de un planeta fuera del sistema solar. El objeto tiene aproximadamente cinco veces la masa de Júpiter y está a unos 200 años luz de la Tierra, en la constelación de Hydra. El equipo había encontrado el planeta el año pasado, pero no ha logrado demostrar hasta ahora que está realmente unido gravitacionalmente a una joven estrella fallida. “Nuestras nuevas imágenes muestran convincentemente que esto realmente es un planeta, el primero que se ha fotografiado jamás fuera de nuestro Sistema solar”, ha dicho un tal mister Zuckerman, cuyo apellido, más que a científico renombrado, me ha sonado más bien a alter-ego de Philip Roth. “Los dos objetos -el planeta gigante y la joven enana marrón- se están moviendo juntos; los hemos observado durante un año, y las nuevas imágenes confirman nuestro hallazgo del año pasado”, ha añadido mister Zuckerman. 12 de agosto. Paso la mañana en la terraza del Strindberg Bar buscando algo que contar sobre Sergio y me doy cuenta de que opero igual que en sus cuentos, donde él sale a la búsqueda de una historia y acaba contando la búsqueda de esa historia mientras a la realidad, que era bien real al comienzo, le pasa lo que le pasa por la noche a la ciudad de Estocolmo y se enrarece mucho. Por la tarde he recordado un café de Varsovia en el que asistí a la creación de un relato: un cuento basado en lo que mi amiga, Sergio y yo comenzamos a imaginar que sucedía en la mesa de al lado. En ella un hombre maduro, un joven que parecía su hijo, y una joven que parecía la novia del hijo tomaban aburridamente el té, pero su tedio parecía puntuado por una tensión oculta. Del misterio surgió un cuento. En lugar de un padre y un hijo empezamos a ver (mi amiga, Sergio y yo) a un maestro, su alumno, y la esposa del alumno. Una historia que, bajo la dirección genial de Sergio, fuimos suavemente componiendo los tres. Hasta que hubo un momento en que Sergio se disparó. Comenzó a fabular sin cesar sobre aquel trío de la mesa de al lado y parecía hacerlo como si los tres personajes fueran mexicanos, pero no estuvieran en su país, sino en un decorado con el mundo como telón de fondo. Y también parecía como si el hecho de que él los viera como mexicanos le dejara más libre para parodiar, para imaginar los diálogos, como si oír a esos personajes disparatados en su cabeza fuera para él una fuente de profunda alegría. Eso lo convirtió todo en divertidísimo, entre otras cosas porque creí ver que se había producido una conjunción feliz entre mi reprimido sentido del humor (que procedía de una Barcelona aplastada por la seriedad de quienes con la gravedad ocultaban los defectos de su mente y me impedían saber que yo sabía reírme) y el libre y cruel, fantástico y ejemplar humor mexicano de Sergio. Quién sabe si nuestra amistad de tantos años no se ha fundado y refundado siempre desde la nostalgia constante de aquella tarde de risas en el café de Varsovia. En aquella y otras muchas tardes y muchas otras risas de aquel agosto de 1973 en el que hubo muchas conversaciones de sobremesa, pláticas sobre literatura. Silencios también. Yo apenas había leído nada en esa época y la verdad es que no estaba en condiciones para hablar de literatura. Nada podía azorarme más que mis obligados silencios en aquellas sobremesas fundacionales, en aquellas fértiles sobremesas “al otro lado del telón de acero” Recuerdo que Sergio me preguntaba sobre cualquier libro, cualquier autor. Muchas derivas y tartamudeos por mi parte y una cierta sensación de verme a mí mismo como un pobre desdichado inculto. Pero también el sentimiento contrario, un sentimiento que me llegaba cuando me daba cuenta de que nadie en el mundo se había dirigido a mí de aquella forma en la que lo hacía Sergio, nadie me había hablado hasta entonces de aquella manera tan cordial. Aprendía casi a marchas forzadas. Hasta a ser cordial aprendía. Ningún escritor de una generación anterior a la mía, por ejemplo, me había hablado como si yo fuera realmente un escritor. Las sobremesas de Varsovia fueron una lección contínua. Y poco a poco se llenaron de nombres que terminaron por convertirse para mí en familiares. Tolstoi, Gombrowicz, Witkiewicz, Faulkner, Henry James, Bruno Schulz… La historia que imaginamos acerca de la complicada vida de los de la mesa de al lado la recuerdo muy bien, sobre todo por el desenlace inesperado. Bajo la batuta de Sergio y guiados por su intensa pasión por la invención de tramas, decidimos que el hombre de más edad era un escritor que se había echado a perder debido a su matrimonio y a la obligación consiguiente de publicar con promiscuidad y baratura. El joven era su discípulo, y el maestro le veía al borde de idéntico desastre al que había sufrido él a causa de haberse casado. El maestro estaba tratando de salvarle del error de haberse casado porque intuía que al pobre discípulo esto iba a obligarle a escribir obras facilonas para ganarse la vida. Se trataba de salvar del desastre al alumno mediante un acto de osada intromisión en su mundo, rompiendo con ingenio su matrimonio, aniquilando simbólicamente a su esposa al crear innumerables problemas entre los dos. Cuando la historia ya parecía cerrada, llegó la sorpresa. Y nos llegó desde la mismísima mesa de al lado. -Oigan -dijo el hombre de edad más avanzada, el supuesto maestro. Le miramos sorprendidos, pasmados al ver que hablaba nuestro idioma. Hubo un pequeño silencio hasta que el hombre dijo: -Quiero decirles que no estamos sordos, que lo hemos oído todo perfectamente. Les felicito por haber sabido divertirse tanto con nosotros. Por un momento, deseamos que se nos tragara la tierra. Y no recuperamos la normalidad hasta que se fueron. Entonces Sergio comenzó a negarnos que aquellos personajes -me acuerdo muy bien, los llamó personajes- fueran mexicanos y menos aún que los hubiera visto él en algún momento como mexicanos. -No, si seguramente serán bolivianos… -decía. -¿Bolivianos en Varsovia? Todavía hoy espero la respuesta, Sergio. 13 de agosto “Continué las rutinas habituales: conversar con los mismos amigos (…) Casi todos los días José Emilio (Pacheco) y Carlos (Monsiváis) pasaban a mi departamento para comentar nuestras nuevas lecturas y discutir con toda libertad y camaradería lo que escribíamos” 14 de agosto En aquellas fértiles sobremesas al otro lado del telón de acero se fraguó parte de lo que después, como escritor, he sido. Pero por supuesto no era consciente de nada de todo esto cuando estaba allí, en el salón de la casa de Sergio, hablando de literatura a veces con visitantes inesperados, como el señor Origami, el extraño amigo del embajador de Japón, que tenía nostalgia de los dos años que había vivido en México y que al oír aquella canción que dice “y volver, volver, volver a tus brazos otra vez” coreaba con todos nosotros el estribillo y tiraba de golpe hacia atrás su vaso lleno de vodka estrellándolo –en tres ocasiones que yo recuerde- contra la cortina y la ventana más apreciadas por Sergio. Era como si hubiera una relación secreta –misterios del Japón- entre la idea de volver, el vodka y los brazos que se echaban hacia atrás, con el vaso hacia la ventana y la cortina “otra vez”. La más alta lección de Sergio fue comunicarme su extraordinaria pasión por la cultura. Y hoy, cuando reviso aquellas conversaciones que teníamos después de comer (con ese afán suyo que tanto me fascinó, ese afán por hablar de cine, pintura y literatura, incluso si estaba con nosotros el japonés exaltado), me doy cuenta de que aquellas sobremesas en las que se conversaba de temas culturales o sobre la idea de volver, eran algo de lo más natural para Sergio y no para mí, que venía de una oscura Barcelona, sumida en un mundo nada dialogante. En cambio, para Sergio, aquellas sobremesas eran normales. Desde joven se había acostumbrado a algo que yo no había tenido nunca -camaradería-, se había habituado a las conversaciones sobre libros, por ejemplo. Parte de su juventud había transcurrido en tertulias en el café María Cristina de la ciudad de México con sus amigos Ponce y Elizondo, Melo y De la Colina, Monsiváis y José Emilio Pacheco, según el propio Pitol explica en el tercer tomo de sus Obras Reunidas. Hablar de literatura después de comer no sabía yo que podía llegar a ser tan corriente y normal. Pero pronto aprendí que las cosas también podían ser así, hasta llegar incluso a ser simplemente habituales. Al final, hasta me parecía normal que la cocinera que nos preparaba cada día la comida fuera una cantante, una primera figura de la Ópera de Varsovia… Me pregunto ahora si lo era realmente. He tardado 32 años en preguntármelo. Tal vez, como en el caso del hijo de Lenin, la cocinera era un cuento. 15 de agosto Qué ser y dónde escribir. En medio del desbarajuste mental en el que me movía en aquellos días, busqué que él me orientara en algunos de los aspectos que tenía más confusos en relación a la vida. Y una tarde, en un merendero en las afueras de Varsovia (había allí una vista espléndida de la ciudad y unos orgullosos árboles que habían resistido a la orden de Hitler de dinamitarlos, pues el monstruo, en venganza por una nueva rebelión del getho judío, había ordenado destrozar hasta los árboles que rodeaban la ciudad), le pregunté con qué partido simpatizaba en el plano político. Sabía que era de izquierdas, pero no comunista, y no acertaba a situarlo en ninguna tendencia concreta, aunque para mí estaba claro que él se movía con una casi sospechosa felicidad en los países del Este. Pero no era comunista. ¿Qué era entonces? Era socialista, pero su ideal político, me dijo, era “el socialismo en libertad”, ese ideal y ese sistema cuyas bondades –se me ocurre ahora pensar aquí en esta terraza de este bar- son visibles todavía aquí en Suecia. En muchos aspectos (y el político es sólo uno de ellos), Estocolmo se acerca bastante a la que podría ser mi ciudad ideal. Eso al menos es lo que pienso ahora en este agradable bar de la calle Mäster Samuelsgatan. Sin embargo, en aquel agosto en Varsovia, a la pregunta de cuál sería para mí una buena ciudad para escribir, me habló sólo de Budapest, que todavía estaba bajo un régimen comunista. ¿No conocía Sergio en aquellos días la ciudad de Estocolmo? Cuando no hace mucho viajé por primera vez a Budapest, miré sus calles con mucha curiosidad y no podía sacarme de la cabeza la idea de que aquella había sido treinta años antes la ciudad donde debería haber vivido. A veces me imagino viviendo en los años 70 en Budapest, escribiendo novelas secretas y luchando por la instauración de un socialismo en libertad en Hungría. Esa me parece una de las tantas vidas que perdí, que pude vivir y no he vivido y que no viviré jamás. Cuando no hace mucho le hablé de todo esto a Sergio, él dijo no recordar aquel consejo húngaro. “Pero, si tú lo dices, será verdad”, añadió mirándome con una complicidad que al mismo tiempo delataba hacia mí una clara desconfianza hacia lo que yo contaba. Seguramente Sergio actuó ahí como esos maestros que nunca olvidan el atrevimiento para inventarlo todo que han transmitido a sus discípulos. 16 de agosto Le he escrito una postal a Sergio contándole que en muchas de las últimas entradas de mi Diario comento aspectos de mi relación con su magisterio genial. Dicho esto, le he explicado que este mediodía, en el Gran Hotel de Estocolmo (que me recuerda, le he dicho, al Reads de Funchal), he celebrado con vodka sueco el hecho de que hoy sea 16 de agosto. Y le explicado que celebro esta fecha porque casualmente he descubierto esta mañana (siempre alrededor de Sergio surgen las más curiosas coincidencias) que en tal día como hoy, pero del año 1888, Henry James publicó la última entrega de su novela La lección del maestro. No puedo imaginarme cómo reaccionará Sergio cuando reciba esa postal. Tal vez también celebre la curiosa casualidad. O encuentre otra coincidencia de otro tipo en esa cadena de coincidencias que va puntuando nuestra relación y nuestros a veces fortuitos encuentros en lugares tan distintos del mundo como Asjabad, Veracruz, Caracas, París, Aix-en-Provence y Kabul. 17 de agosto Una de las últimas veces que Sergio y yo nos hemos cruzado por azar fue hace tres años en París, en verano. Yo había viajado con mi mujer a esa ciudad y lo que me ocurrió en mi encuentro casual con Sergio creo haberlo ya narrado en mi novela sobre mis días de aprendizaje en París, la novela en la que explico cómo hace tres años viajé a París con mi mujer y allí se me ocurrió narrar en clave irónica lo que me ocurrió cuando en 1974, un año después de haber pasado por Varsovia, fui a París a intentar emular al escritor Hemingway. Creo haber ya más o menos narrado en esa novela irónica mi encuentro con Sergio en el París de hace tres años, pero no ando muy seguro de esto, pues aquí en Estocolmo no cuento con un ejemplar de mi libro parisino. Lo que allí en mi novela ya más o menos contaba era que, en pleno agosto de hace tres años, y sin saber aún que Pitol también estaba en la ciudad, mi mujer y yo, cada día al regresar al hotel donde nos hospedábamos, pasábamos por delante del edificio de la rue Littré en cuya segunda planta había existido a mediados de los años setenta una librería clandestina llamada Zékian. Ni mi mujer ni yo, ese agosto de hace tres años, nos decidíamos a entrar en aquel inmueble para tratar de averiguar qué había en el piso donde antaño estuvo la librería Zékian. ¿Estaría tal vez todavía ahí la librería y encima seguiría siendo clandestina? Recordaba perfectamente y de manera casi obsesiva la escalera pintada de un fuerte color rojo que conducía a la segunda planta, donde había una puerta blanca y en ella, pintada en negro, encima de la mirilla, una minúscula pero orientadora letra Z. Aunque sentía constantemente la tentación de recuperar para mí mismo el espacio en el que un día vi al legendario Borges hablando de sus recuerdos de juventud, no acababa de decidirme a dar el primer paso, a entrar en el edificio e indagar la verdad sobre aquella librería clandestina. Pero precisamente esa indecisión, que compartía con mi mujer, iba en realidad agigantando mi curiosidad por saber en qué se habría convertido la enigmática Zékian. ¿Era tal vez ahora la vivienda de una apacible familia burguesa que ignoraba el pasado de la casa y a la que dejaría muy turbada saber que un día, en el comedor de su dulce hogar, Borges confesó que le entristecía pensar que tal vez no tengamos recuerdos verdaderos de nuestra juventud? ¿Qué habría detrás de la puerta blanca? Pasaban los días y no nos decidíamos a entrar en el inmueble de la rue Littré Hasta que una tarde, en el café de Flore, nos encontramos de pronto -no sabíamos que andaba por París y fue para nosotros una inmensa alegría- con el amigo Sergio Pitol, que se convirtió de inmediato en el jefe de la expedición al inmueble de la rue Littré. Fue él quien prácticamente nos arrastró hacia ese lugar. En cuanto aflojara la lluvia, averiguaríamos, dijo, todo lo que tuviéramos que averiguar y no nos iríamos del edificio de la calle Littré hasta que no supiéramos qué había detrás de la puerta blanca, qué clase de persona o mueble –dijo sonriendo- ocupaba el lugar exacto donde un día Borges dijo que era triste no tener recuerdos verdaderos de nuestra juventud. Me sorprendió, ya en el edificio de la calle Littré, ver que en la segunda planta habían, una frente a la otra, dos viviendas con sus correspondientes puertas, ninguna de ellas pintada de blanco. Seguía allí, tal cómo la memorizaba, la escalera (aunque el color rojo no era tan intenso como lo recordaba), de modo que no nos habíamos equivocado de inmueble, pero sin duda me había traicionado la memoria en lo que se refería a la puerta única en el rellano de la segunda planta. De pronto, toda la investigación en torno al misterio de la Zékian pasó a girar en torno a cuál de las dos era la antaño puerta blanca. Miramos bien y no quedaba ni rastro de dónde, un día, encima de la mirilla, podía verse una minúscula pero orientadora letra Z. A pesar de mis esfuerzos, me resultó imposible saber cuál de las dos puertas era la que yo, casi treinta años antes, había atravesado en cierta ocasión para escuchar clandestinamente a Borges. Decidimos llamar a la puerta de la izquierda, que era la que más me parecía que podía ser. Nadie contestó. Insistimos, hubo varios timbrazos. Nada. “Está tan claro que ésta fue la puerta de la librería como que no hay nadie ahí dentro. Eran tan secretos sus habitantes que, ya veis, se han hecho invisibles”, dijo Pitol, que no ocultaba lo mucho que le divertía aquella investigación. De pronto, me pareció que él se estaba moviendo como si estuviera dentro de un relato. Y me acordé de que sus cuentos serían cuentos perfectamente cerrados si nos revelaran algo que jamás nos revelarán: el misterio que viaja con cada uno de nosotros. El estilo cuentístico de Pitol consiste en contarlo todo, pero no resolver el misterio. De pronto, mi mujer y yo nos miramos y, sin mediar palabra, nos entendimos de inmediato: estábamos dentro de un cuento de Pitol. Tanto se divertía él con la investigación que acabó aporreando la puerta, se moría de risa. Entonces oímos que alguien, en la puerta de enfrente, hacía girar la mirilla y pasaba a espiarnos. Llamamos poco después al timbre de esa puerta de enfrente. Una mujer de avanzada edad, una vieja dama, la entreabrió con precauciones, dejando puesta la cadena de seguridad. “¿Buscan a alguien?”, preguntó pausadamente, con cierta serenidad. Y entonces Pitol tuvo una salida ocurrente y preguntó en su francés impecable: “¿Viven ahí enfrente los Borges?”. Tras un breve silencio muy reflexivo, la mujer nos dijo : “Viven ahí, pero nunca están”. A Pitol se le iluminó la mirada. Ahora ya sabíamos dónde había estado la librería Zékian. Abandonamos el lugar entre risas, con la impresión de haber hecho todo lo que estaba a nuestro alcance para resolver el enigma de la librería secreta y, en definitiva, del mundo. Nos fuimos de allí con la impresión de haber estado más cerca que nunca de la invisible verdad y que, en cualquier caso, el cuento había terminado. Pero cuando salimos a la calle y porque tal vez no me lo esperaba, me resultó asombroso descubrir que seguíamos dentro del cuento de Pitol. 17 de agosto, por la noche. Ahora me pregunto si esa historia sobre ese cuento parisino de Pitol la incluí realmente en mi libro. Si lo hice, no fui demasiado fiel a la realidad, pero actué como un buen discípulo de Pitol en todo caso. En su cuento Vals de Mefisto los personajes viven varias vidas paralelas. Siempre he pensado que algún día rastrearía en este relato de Pitol las huellas de un libro de Nabokov sobre el que Sergio me hablaba mucho en Varsovia: La verdadera vida de Sebastián Knight. Desde que leí Vals de Mefisto que doy varias versiones de un mismo hecho, sobre todo si ese hecho pertenece a mi vida íntima. Por ejemplo, me han preguntado muchas veces por qué me hice escritor y he contestado de mil maneras distintas, y haciéndolo me he aproximado más a la realidad que si siempre hubiera contestado con una única versión. Así he dicho que soy escritor porque vi La notte de Antonioni, donde el protagonista, Mastroianni, era un novelista de éxito. Pero también he dicho que me hice escritor porque lo era un hermano de mi abuelo. Y también he contado que me hice escritor porque leí París era una fiesta de Hemingway. O bien que escribo porque mi primera novia, al leer una poema que le había dedicado a ella (sin decirle que lo había copiado enteramente de Luis Cernuda) me dijo que tenía “madera de escritor”. Etcétera. He dado mil versiones de un mismo hecho. Tengo muchas historias paralelas sobre un mismo suceso. De modo que no se extrañe nadie ahora si digo que mi investigación parisina sobre la librería secreta la conté en mi novela de París basándome en una situación paralela, vivida ésta realmente con Sergio (no como la de la vecina y los Borges, que es una recreación de la historia real), y siendo la tercera persona del relato verdadero mi amiga Menene Gras y no mi mujer. La verdadera historia, lo que ocurrió de verdad, fue parecida a lo que creo que conté en la novela de París, pero algunos aspectos de la misma son notablemente distintos. Ni la mejoran ni la empeoran, son distintos. Y la que voy a contar ahora –mejor dicho, a resumir- es la verdadera historia, del mismo modo que Sebastián Knight tenía también su vida verdadera: En el París de 1978, cuando había dejado ya de vivir en esa ciudad donde estuve del 74 al 76, me encontré casualmente con Sergio (una vez más, la casualidad en mis encuentros con él). Yo paseaba con Menene Gras y tropezamos literalmente con Pitol, el rey de las grandes casualidades que han cruzado por mi vida. Inmediatamente él, tras unas breves risas, propuso ir a ver la mansión natal de Marcel Proust. Una vez en ella, vimos que, por tratarse de una casa de pisos, resultaba difícil saber en qué planta del edificio había nacido el genio. Tras muchas especulaciones y, en medio de un clima festivo, el maestro Pitol decidió averiguar de una vez por todas la cuestión y llamamos a un portón de la segunda planta. Habían dos puertas por planta. Una mujer de avanzada edad, una vieja dama, entreabrió su puerta con precauciones, dejando puesta la cadena de seguridad. “¿Buscan a alguien?”, preguntó pausadamente, con cierta serenidad. Y entonces Pitol tuvo una salida ocurrente y preguntó en su francés impecable: “¿Madame Beatriz de Moura?”. Tras un breve silencio muy reflexivo, la mujer nos dijo : “Los Moura viven ahí, pero nunca están”. A Pitol se le iluminó la mirada. Ahora ya sabíamos dónde había nacido Proust. Abandonamos el lugar entre risas, con la impresión de haber hecho todo lo que estaba a nuestro alcance para resolver el enigma de la cuna de Proust y, en definitiva, el gran enigma del mundo. Nos fuimos de allí con la impresión de haber estado más cerca que nunca de la invisible verdad y que, en cualquier caso, el cuento había terminado. Pero cuando salimos a la calle, me resultó asombroso descubrir que seguíamos dentro del cuento de Pitol y, además, todo se había enrarecido. Se oía el llanto de un niño recién nacido y se hacía de noche… 18 de agosto He caminado largo rato por la parte más antigua de Estocolmo, por la isla de Gamla Stan, y me he detenido en varias cervecerías, he festejado la bajada de las temperaturas. Me gusta una Estocolmo triste, sin sol. Me gusta verla tal como la vi la primera vez. No amo los cambios en general. No me adapto bien a la transformación de ningún paisaje ni de ninguna idea. Mentalmente sigo siendo el mismo joven que en la Varsovia de 1973 descubrió el dandismo y elegancia moral de Sergio Pitol. Adoro de él sus lecciones de generosidad con todos aquellos escritores que, siendo contemporáneos suyos, se había molestado en leer y hasta se había esforzado en que le interesaran. Era, eso sí, durísimo con los que le habían decepcionado, pero enormemente magnánimo con los que le habían aportado algo como lector. Y sigue siéndolo ahora, sigue siendo muy espléndido cuando apoya a ciertos escritores que intuye que andan algo necesitados de su generosa ayuda. Como yo estaba acostumbrado a la zafiedad, falta de ética y también soberbia y engreimiento desproporcionado de la mayoría de los escritores españoles aplaudidos en aquel momento, la lección de generosidad de Sergio fue para mí tan sorprendente como inolvidable. Siempre he pensado que sólo pueden ser generosos aquellos escritores que, dentro de su humildad kafkiana pero conocedores de su sosegado y suficiente talante de hombres de letras, no temen que nadie pueda hacerles sombra. Eso los hace desprendidos. Su literatura no depende de lo que hagan los otros, sino de lo que escriban ellos. Saben que no serán ni peores ni mejores porque otros escriban cosas infames o sobresalientes. Y eso explica que a veces, creyendo verla en los otros, elogien su propia elegancia sin darse cuenta de que es a ellos mismos a quien en realidad están elogiando. Se desprenden o desenganchan hasta de ellos mismos y tienen la más generosa de las almas literarias. Es el alma de las máquinas solteras, vagabundas. ¿No es el cuento, como alguien ya dijo, un vagabundo? También es vagabunda nuestra vida. Pero –es curioso- mi memoria, cuando pienso en el maestro, siempre es sedentaria. 19 de agosto. Esta fina lluvia de hoy de Estocolmo me trae a la memoria la lluvia de un día en Caracas en el que Sergio y yo buscábamos un pequeño y escondido museo y no lo encontrábamos de ninguna forma, tampoco la calle en la que estaba. Esto debió ocurrir hacia 1998. De pronto, vimos inmóvil junto a una farola a un hombre de respetable edad y altura, un negro que medía dos metros y parecía ensimismado en la contemplación de las nubes. De toda la gente que había en la calle, el negro –un viejo y apuesto negro- fue la persona elegida por Sergio para preguntarle la dirección de la calle del pequeño museo. -Uy, tú estás más perdido que el hijo de Lindbergh –le dijo sorprendentemente el negro. Sergio me miró con cara de gran extrañeza, como si no acabara de creer lo que había oído. -¿Qué ha dicho? –me preguntó-. ¿Qué estoy más perdido que…? Al parecer, el negro había empleado una frase hecha que se utiliza desde hace años en Venezuela. Más perdido que el hijo de Lindbergh. Pero ni Sergio ni yo la habíamos oído nunca. A Sergio, mucho más que a mí, le llegó al alma aquella extraña indicación del negro. ¡Más perdido que el hijo de Lindbergh! De no haber sido por esto, no me habría enterado nunca de cuál era uno de los sueños más recurrentes de Sergio: ir de excursión con sus padres y perderse de pronto y hallarse en un entorno hostil y tenebroso. Ni que decir tiene que, mientras él me contaba su sueño, nos perdimos todavía mucho más por las calles de Caracas, nos perdimos incluso más que el hijo de Lindbergh. Y el entorno era tenebroso, podía no tardar nada en convertirse también en hostil… 20 de agosto. Pitol descree de los decálogos y las recetas universales. ¿Y cómo, por mi parte, no estar de acuerdo plenamente con él? Para Pitol, la Forma que llega a crear un escritor es el resultado de toda su vida: la infancia, toda clase de experiencias, los libros preferidos, la constante intuición. “Sería monstruoso”, dice, “que todos los escritores obedecieran las reglas de un mismo decálogo o que siguieran el camino de un único maestro. Sería la parálisis, la putrefacción”. ¿Y cómo, por mi parte, no estar de acuerdo plenamente con él? No es partidario del discurso único. Del mismo modo que entiende la literatura como una república de las letras en libertad. Me parece el maestro perfecto. Hasta sabe inyectarle humor al hecho de serlo, de ser el maestro. Cuando yo finalmente confesé su magisterio en la entrevista con Raquel Garzón, se produjo, eso sí, un posterior “tira y afloja” entre Pitol y yo, su modesto alumno. Y es que, por algún motivo que se me escapaba, parecía él preferir seguir instalado en esa gran falacia que era creer que el maestro no era él, sino yo. Finalmente, un día –fue en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México- se plegó a la verdad. El único maestro era él. Tras una conferencia mía, se había programado en el Palacio un almuerzo al que debían asistir, por rigurosa invitación, el director del centro y las familias de Juan Villoro y Álvaro Enrigue, los dos amigos que habían participado en la presentación del acto. La llegada no anunciada e inesperada de Sergio (que había viajado en coche desde Veracruz) hizo que automáticamente él quedara invitado a esa comida. Había otras personas que querían participar también en ella. Un amigo escritor muy obcecado en lograr quedarse con nosotros y sentarse a nuestra mesa, por ejemplo. Escuché de refilón el diálogo y larga discusión que Sergio mantuvo con ese buen amigo que insistía en que si Sergio estaba invitado al almuerzo, él también podía estarlo, porque también era amigo mío. Pitol le enumeró muchos motivos por los que no podía quedarse. Que estaba cerrada ya completamente la invitación oficial, por ejemplo. Ninguna de las explicaciones satisfacían al escritor obcecado. -Pero dime exactamente por qué tú puedes quedarte con nuestro amigo y en cambio yo no, dame una explicación que sea convincente, con una sola me bastará, créeme, pero tiene que ser convincente -insistió el escritor obcecado. -Te la voy a dar, es muy sencilla -dijo Sergio. Hizo una pausa y luego dijo, muy concluyente: Porque soy su maestro. 23 de agosto “Veinte años tardó en aparecer la pantera” Sergio Pitol, La pantera. En tal día como hoy, un 23 de agosto de 1973, mi amiga y yo dejamos Varsovia camino de El Cairo. En la hora de la emocionante despedida, Sergio me regaló un ejemplar de El tañido de una flauta, la novela que había publicado en México hacía un año. En la dedicatoria que me escribió puso la fecha y unas frases en inglés que no entendí (y que sigo sin entender porque sigo sin saber inglés), unas frases que me parecieron que eran de Shakespeare y en las que se hablaba de Provence. (Por cierto, años después nos encontraríamos casualmente en un hotel de Aix-en-Provence, pero este es otro asunto, uno más del círculo misterioso de casualidades que han puntuado nuestra relación). La dedicatoria la guardé como oro en paño, era la primera que tenía de un escritor importante. Durante años estuve intentando descifrar lo que ahí se decía de la Provenza. Fue una de esas dedicatorias que, por los motivos que sean, uno ve una y otra vez a lo largo del tiempo. Y mi memoria visual es muy grande. Por eso reaccioné como lo hice cuando, exactamente 20 años después, me llegó a Barcelona desde Brasilia, un 23 de agosto de 1993, una carta de Sergio. Era la primera que me escribía en toda su vida. Desde los hechos de Varsovia nos habíamos encontrado casualmente en los lugares más raros del mundo y habíamos hablado en muchas ocasiones por teléfono. Pero no nos habíamos cruzado carta alguna. Cuando llegó la de Brasilia, me quedé muy impresionado al leer la fecha del 23 de agosto. Era tal mi memoria visual (y la letra tan exacta a la de veinte años atrás) que fui corriendo a buscar mi ejemplar de El tañido de una flauta para comprobar que no era que me hubiera vuelto loco o que estuviera haciendo girar a mi propia locura, sino que era cierta la asombrosa coincidencia de la fecha. Veinte años exactos había tardado el Maestro en escribirme su primera carta. Como sabía yo que dos meses después iba a encontrarle en un congreso de literatura en la Mérida venezolana, hice fotocopia de su dedicatoria de Varsovia y de la carta brasileña. Y un día en Mérida, al pie de los Alpes (en el bungalow que, por una aleatoria decisión de los organizadores del Congreso de Mérida, compartíamos con César Aira), le mostré casi a bocajarro las dos fotocopias. Toda mi expectación se centró en ver cómo iba a reaccionar Sergio. Tras una breve reflexión en silencio, se limitó a decirme: “Debió pasar en Brasilia algo raro. Desde luego no voy a atribuirlo a una mera coincidencia”. Hace un par de meses, leí La pantera, el más inquietante de los cuentos de Pitol. Allí encontré una frase escrita en ese relato de 1960: “Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La parafernalia de que se revistió ese sueño no puede atribuirse a meras coincidencias” Por un momento dudé de mi cordura. Estaba ante un cuento de Pitol de 1960 que anticipaba una dedicatoria y una fecha de 1973, que iba a reaparecer -como una pantera- exactamente veinte años después. En el cuento, la pantera dejaba un mensaje que contenía doce palabras que el narrador pensaba que eran esclarecedoras de algo. Pero resultaban ser todo lo contrario. Eran doce sustantivos triviales y anodinos que no tenían ningún sentido. “Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas(…) Nada logré poner en claro” Mientras leía esto, se me ocurrió que debía ir en busca de mi ejemplar de El tañido de una flauta y contar las palabras o, mejor dicho, los sustantivos que contenía la dedicatoria de Varsovia. Si había doce sustantivos, el enigma aún se agrandaba más y hasta producía escalofríos pensar que pudiera ser así. Fui a la biblioteca a buscar el libro. Lo encontré pronto, pero no tardé un poco en decidirme a abrirlo. Estaba solo en la casa y tenía miedo de encontrarme los doce sustantivos. ¿Qué haría entonces? Abrí el libro, busqué la dedicatoria. Tenía 24 palabras y 6 sustantivos. El enigma de los múltiplos de seis. Me pareció difícil poner algo en claro. Dejemos que Sergio Pitol, con sus propias palabras, cierre este prólogo emocionado que en realidad, a pesar de sus rasgos inciertos y su constante pérdida de anteojos, es un cuento: “Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están corroídos por la misma estulticia, el mismo caos, la misma incoherencia que padecen los hechos cotidianos. Confío, sin embargo, en que algún día volverá la pantera.”

Fuente:  http://www.enriquevilamatas.com/escritores/escrpitolvm.html